Algunas lecciones del COVID19

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Emilio Tenti Fanfani

En verdad, la vida educa, pero las situaciones catastróficas y excepcionales, interrumpen la normalidad y por lo tanto permiten ver y valorar cosas que en tiempos normales no vemos o no podemos ver. En otras palabras, estas coyunturas conmueven rutinas, sentidos comunes, evidencias, seguridades y nos abren nuevos horizontes. En cierto sentido se puede afirmar que estas situaciones extremadamente críticas “educan”. Ante nosotros se nos aparecen paisajes nunca antes vistos, panoramas inéditos, relaciones ocultas, como por ejemplo la economía de mercado y la reproducción de la vida,  fuerzas ambivalentes, como el desarrollo de la ciencia y la tecnología que tiene consecuencias perversas en términos ecológicos o de libertades públicas, pero que también salvan vidas. Lo que antes era impensable o imposible se vuelve necesario. Desde este punto de vista las catástrofes obligan a cambiar categorías de percepción y a ver el mundo de otras maneras. Es lo que los viejos positivistas, fundadores de los sistemas escolares del Estado capitalista llamaban «la educación de las cosas». Una educación entendida como aprendizaje por experiencia, por contacto con las cosas del mundo, sin planificación, espontánea, sin pedagogía ni pedagogos, pero poderosa. Esta es la educación que valorizaba Alberdi, cuando escribía que la educación del pueblo es la fábrica, la ciudad, en síntesis, de la vida misma. Cuando el campesino emigra a la ciudad, el nuevo contexto lo obliga a cambiar su modo de ser y de hacer. Hasta está obligado a caminar de otra manera, a usar el cuerpo de otro modo, ya que tiene que actuar junto con otros, en medio de otros, teniendo en cuenta permanentemente la presencia de los otros. En el pasado existía una “materia” o curso que se llamaba de “urbanidad”, con sus manuales correspondientes. Allí se intentaba formalizar la formación de hábitos de conducta propios de la vida urbana. 

La educación de las cosas que produce la pandemia del COVID es una educación objetiva muy efectiva que genera cambios mentales, reestructura nuestras categorías incorporadas de percepción, valoración y de acción que se correspondían con estados previos de la vida social. Es una experiencia cargada de emotividad y de sentimientos, de allí su eficacia práctica. Los cambios en la objetividad son múltiples y abarcan diversas esferas de la vida social. Se introducen límites a los movimientos de las personas en el espacio público, se paraliza la producción y el consumo, se restringen o prohíben los intercambios cara a cara, se fortalece la intervención del Estado, no solo en asuntos sanitarios, sino también en todos los órdenes de la vida social, se aumenta el gasto público y se olvidan las políticas de austeridad, ajuste y búsqueda incondicional del equilibrio fiscal, entre otros cambios significativos en el nivel estructural de la sociedad. 

Pero estos cambios en la objetividad, que se pueden medir y observar casi como los fenómenos naturales, son acompañados por otras transformaciones, más lentas y difíciles de observar y medir, en el plano de la subjetividad de los agentes sociales, esto es en sus modos de ver, pensar, apreciar y de actuar. Estas transformaciones no son ni intencionales, ni resultado de una voluntad y acción programada. Es educación sin programa. En relación con estos efectos, por ahora sólo se pueden hacer conjeturas en base a indicios. Tampoco se puede predecir totalmente el sentido de estos cambios mentales. Sólo se puede decir que semejante situaciones críticas conmueven las estructuras mentales que “funcionaban” en tiempos normales y que ahora ya no encuentran bases de sustentación en una realidad que objetivamente ya no es lo que era. No está de más recordar que los discursos de los intelectuales siempre llegan post-festum, es decir, después que se han producido los acontecimientos. Las ciencias sociales son más útiles para explicar lo acontecido que para pronosticar el futuro.

Las evidencias muestran que la pandemia está produciendo ciertos efectos perversos. Mientras el mundo se encamina hacia una recesión cada vez más profunda y aumenta constantemente el desempleo abierto (solo en los EEUU 22 millones de estadounidenses han solicitado un subsidio por desocupación durante las últimas 4 semanas, según informa CNN en español el día 16 de abril) los más ricos incrementan su riqueza. El diario italiano “La Repubblica” informó que  Jeff Bezos, el  hombre más rico del mundo y dueño, entre otras cosas de Amazon y del Washington Post, gracias a la pandemia, a mediados de abril había incrementado su riqueza en la impresionante suma de 28 mil millones de dólares, alcanzando un total de 138.5 mil millones. Un incremento parecido registró la familia Walton, propietaria de la cadena de supermercados Walmart. Pero lo más sintomático es que según el índice Bloomberg Billionaires, los patrimonios netos, que tendían a disminuir a principios de este año, subieron en un promedio de 20% durante las primeras dos semanas de abril del corriente año. Resulta difícil de creer que en medio de un empobrecimiento en muchos casos dramático de las mayorías la pequeña minoría de los más ricos incrementan su patrimonio. Pero no solo esto, sino que también tienen también la capacidad de reconvertir sus inversiones en poco tiempo, como es el caso del Sr. Randall Waisenburger, accionista de Carnival. Mientras que la industria de los cruceros de venía abajo, tuvo la astucia de comprar títulos por 10 millones de dólares que le reportaron un aumento del 56% de su valor en el lapso de pocas horas. 

Por otra parte, la pandemia produce efectos opuestos y contradictorios. Por una parte multiplica las muestras de solidaridad y generosidad y por la otra permite que afloren el individualismo y el egoísmo más extremos, como es el caso de la discriminación y agresiones que sufren muchos médicos y enfermeros por parte du sus vecinos en los lugares donde habitan. Estas actitudes tan diferentes dan la razón a Maquiavelo cuando escribía que el ser humano es “medio Dios y medio bestia”.

A partir de estos cambios en la objetividad y la subjetividad social algunos pronostican la lisa y llana desaparición del capitalismo en su versión neoliberal, la emergencia de formas renovadas del Estado de Bienestar, un fortalecimiento de lo público y un achicamiento del mercado, una redefinición de las relaciones de poder en el interior de las sociedades nacionales y en el espacio mundial, un fortalecimiento de los Estados Nacionales y un nuevo internacionalismo ciudadano que reemplazaría el globalismo de las grandes corporaciones transnacionales, en especial las financieras. Pero hay que ser realistas y no confundir nuestros deseos con la realidad de las cosas.

La pandemia, como cualquier otro fenómeno social objetivo es ahora objeto de una lucha de interpretaciones, haciendo honor a la vieja ley sociológica que dice que lo único verdadero es que la verdad es objeto de lucha. Basta ver la catarata de interpretaciones, algunas de ellas extremadamente irracionales que compiten por imponer una versión acerca del origen de la pandemia o las mejores estrategias para combatirla. Esta es otra lección que nos da la realidad y que bien podría ser incluida en la agenda de discusión de docentes y estudiantes del sistema escolar. 

Otro fenómeno que este tiempo de excepción hace evidente es el carácter complejo y relacional que tienen los fenómenos sociales. Las catástrofes “naturales”, como por ejemplo los terremotos, las inundaciones, los derrumbes económicos, las pandemias, etc. nunca son completamente “naturales”. Aún cuando muchos de ellos tengan un origen en el funcionamiento de la naturaleza, en muchos casos el mismo es provocado por acciones humanas intencionales y no intencionales. Pero lo que es cierto es que siempre sus consecuencias se registran en diversos planos interrelacionados y profundamente sociales. Es más, suele decirse que las epidemias y los virus, como decían los higienistas del siglo XIX penetran tanto en las casas de los más humildes como en los palacios de los más ricos. Esta constatación justificaba la intervención pública en materia sanitaria, implantando por ejemplo la vacuna obligatoria. Pero la historia enseña que los virus y las bacterias causan más estragos en las categorías menos privilegiadas de la población. En los Estados Unidos, la proporción de población negra que mata el COVID 19 es significativamente más elevada que la proporción que tiene esta categoría social en el conjunto de la población nortemericana. Mientras los más ricos pasan la cuarentena en sus mansiones, propiedades rurales o incluso yates, los más pobres caen en el desempleo y sufren los rigores del hambre y la enfermedad.  Esta también es buena lección de ciencias sociales, que la vida nos da a todos y en especial a las nuevas generaciones y bien podrían ser tema de discusión en los ámbitos de encuentro (tanto presenciales como virtuales) entre educadores y educandos y más allá del programa y contenidos curriculares formales de la escuela. 

Para terminar, es preciso recordar que una de las cualidades más conocidas de las situaciones de catástrofe es que aceleran ciertos cambios sociales que en tiempos normales tardarían mucho tiempo en verificarse o simplemente no se producirían jamás. Como ejemplo basta un botón: el uso bastante generalizado y en muchos casos improvisado y desigual de las nuevas tecnologías de la comunicación para sostener la relación pedagógica. Este fue un tema muy discutido, muchas veces resistido y en todo caso siempre demorado. Pero también existen otros cambios que probablemente impacten en dimensiones estructurales de gran relevancia social.  Pero más allá hay que considerar la probabilidad de que estos cambios económicos, políticos, sociales y culturales se produzcan y perduren en el tiempo dependerá por lo menos de dos factores interrelacionados: 

a ) la profundidad y duración de las situaciones críticas. Si estas son profundas, pero de corta duración, es probable que las sociedades vuelvan a restablecer los equilibrios previos. Si las emergencias son profundas y tienen una duración en el tiempo es probable que lleguen para quedarse; 

  1. b) Las relaciones de fuerza, las estrategias y los desenlaces (difíciles de preveer) de las luchas entre actores colectivos interesados en la restauración de los equilibrios amenazados por la catástrofe y los partidarios del establecimiento de un nuevo orden menos desigual, más democrático y más libre. Esta es también una oportunidad única para que la política entendida como deliberación y participación colectiva reivindique la primacía y limite las pretensiones hegemónicas de la economía para que ésta vuelva a ser entendida en el sentido clásico como “ciencia de la felicidad pública”.

Para terminar, la pandemia es como un laboratorio social donde quien quiera ver puede aprender algo más acerca de la lógica del cambio y la transformación en el plano de las estructuras y las prácticas en diversas esferas de las sociedades contemporáneas.

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