Buenas razones, propósitos irrealizables

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El sistema es inequitativo, producto de la desigualdad social y políticas erráticas que vienen desde décadas antes de que se inaugurara el neoliberalismo. El fruto es una educación de bajo rango, agravada por una administración proterva, cargada de corrupción de todo tipo, en la parte oficial y en el sindicato.

Vivimos tiempos turbulentos y no sólo por la pandemia. La violencia criminal ya es endémica, el encono social se agrava y la economía nacional, que incluye las finanzas públicas, se tambalea. A grandes rasgos, Ése es el contexto que enmarca al sistema educativo mexicano.

En su régimen interno, las dificultades ocultan los puntos fuertes. El sistema es inequitativo, producto de la desigualdad social y políticas erráticas que vienen desde décadas antes de que se inaugurara el neoliberalismo. El fruto es una educación de bajo rango, agravada por una administración proterva, cargada de corrupción de todo tipo, en la parte oficial y en el sindicato. Además, con un financiamiento pobre y mal utilizado.

A pesar de todo, el sistema ofrece resultados, sin la escuela pública y sin los maestros estaríamos peor. La investigación educativa documenta que, aquí y allá, persisten buenas prácticas educativas; hay escuelas y docentes ejemplares, segmentos que no se dejan vencer por el burocratismo ni consignas sindicales.

Esos atributos provechosos se potencian en momentos de crisis. Existen muchas buenas razones para fundamentar el programa Aprende en Casa, de la Secretaría de Educación Pública, aunque sus propósitos sean inalcanzables. Quizá porque se centran en lo formal, en concluir el periodo escolar, en pensar que un proyecto emergente —innovador, de acuerdo, pero incipiente— puede sustituir la práctica tradicional. Además, regido desde el centro, sin espacios para el perfeccionamiento local.

Pienso que los críticos de Aprende en Casa apuestan más por el inmovilismo que por otra cosa. Si en tiempos normales la escuela no puede resolver la desigualdad, menos en épocas de aprietos. Pero en una cosa tienen razón, el aprendizaje no será igual que en la escuela ordinaria.

Decir que con Aprender en Casa se cumplirán las metas de aprendizaje del año académico es ilusorio; no es pecado de optimismo, es de vanidad. Son momentos extraordinarios que demandan objetivos de diferente naturaleza. Por más que el gobierno quiera que el 30 de mayo termine la contingencia, parece imposible. El encierro va para más tiempo.

Por más que la Propuesta Integral frente al COVID-19, de la SEP, tenga buenas bases (plataforma, contenido y capacitación docente), no reemplaza a la escuela regular. Es más, como apuntan críticos, agrava la inequidad y no puede garantizar (verbo de peso) que el alumnado aprenda lo que, se supone, debe aprender (metas de aprendizaje); por más esfuerzo que hagan en casa (bajo el supuesto de que los padres apoyen a los hijos), no se obtendrán los mismos efectos que en la escuela habitual.

Lo razonable sería (en un país razonable) poner en segundo plano los objetivos formales y establecer propósitos sensatos, que puedan cumplirse sin caer en simulaciones.

En la mañanera de ayer, el secretario de Educación Pública, Esteban Moctezuma, notificó que las clases presenciales se reiniciarán el 1 de junio y el calendario escolar se extiende hasta el 17 de julio.

Pienso que exageró, tal vez con el ánimo de infundir optimismo, cuando le dijo a un niño imaginario “Con tus libros de texto tienes suficiente, con tu carpeta de experiencias vas a hacerlo muy bien”. ¡Imposible! No lo van a hacer bien, es un modo nuevo, menos aún los alumnos de primero a tercero de primaria, que no saben leer todavía. Quizá ni los de sexto entiendan lo de la carpeta de experiencias.

Sin embargo, coincido con el secretario cuando afirmó: “No es suficiente pasar bien la crisis, no podemos regresar a donde estábamos como si esto hubiese sido un paréntesis”.

No hay manera de tornar a la normalidad que conocimos; tras la pandemia será otra. Sospecho —a mi pesar— que habrá más inequidad, que la “excelencia” sólo será pieza discursiva, que el sistema seguirá centralizado y que habrá menos recursos y mal utilizados.

RETAZOS

Un abrazo solidario para mi amigo y colega Leo Zuckermann. Ejerce la libertad de expresión, lo seguirá haciendo.

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Sobre Carlos Ornelas

Carlos Ornelas es doctor en educación por la Universidad de Stanford. Es Profesor de Educación y Comunicación en la Universidad Autónoma Metropolitana Xochimilco. Sus intereses de investigación incluyen el estudio de reformas educativas en perspectiva comparada. Su libro, El sistema educativo mexicano: la transición de fin de siglo (México: Fondo de Cultura Económica, 1995), tiene dos ediciones y 15 reimpresiones.

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