Ciudadanía y libros

                 
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La diferencia entre ser habitante y ciudadano, entre ser número de Inegi y miembro pleno de una comunidad es a lo que llamamos “ciudadanía”. Es la participación activa, crítica y propositiva en aquello que nos concierne y nos rodea. Un súbdito puede –debe– conocer bien las leyes y apegarse a ellas, pero no es aún un ciudadano. Porque un ciudadano es corresponsable y constructor también de las leyes que le gobiernan. Son mujeres y hombres libres, porque se dan a sí mismos el orden que les rige, e incluso, pueden renovar ese mismo orden. Es una aspiración. Para muchos, una fantasía. Para muchísimos, dolorosamente, una realidad virtual muy, muy lejana de su experiencia cotidiana.

Se pueden regalar certificados de nacimiento, pero la ciudadanía como tal no se regala: viene con nosotros desde nuestro nacimiento –todos mis derechos, rechazo a lo que quiera someter mi autodeterminación, mi ejercicio de libertad– y a la vez soy responsable de no dejarla inerte, estática y apagada: ha de cultivarse y defenderse día tras día. Se aprende. Así como a obedecer sin chistar se aprende (de otro modo no habría tantos coscorrones, humillaciones e insultos desde temprana edad en los arreglos autoritarios), en el polo contrario también a ejercer la ciudadanía se aprende. Se aprende de otros y con otros. Se aprende también ciudadanía en los libros. Por eso las inquisiciones, los sistemas de censura, los secuestros de imprentas y la quema de libros. Dejados a su natural desarrollo, la lectura propicia ciudadanía. Si leo, siento y pienso, me doy cuenta de mí, me comparo con mundos posibles, me lleno de deseos y propósitos. Todo buen libro es una seducción para ser sí mismo. Como afirma Luciano Canfora, no es casual que ‘libro’ y ‘libertad’ tengan la misma raíz.

En el momento que vivimos, en el mundo que nos toca, la ciudadanía y los libros están, al parecer, en peligro. Habría infinitas anécdotas y juiciosos estudios para sostener ese dicho. Comparando con el pasado inmediato pareciera que, en diversas partes del globo, aumentan las restricciones a la participación de los gobernados y un recrudecimiento del autoritarismo, el populismo, el nacionalismo; se nota más la masa que corea consignas y menos parecen realizarse asambleas serenas para deliberar.

Pareciera también que hay una restricción dramática de la lectura: se escucha una recurrente queja de que la marea de mensajes audiovisuales casi elimina de la vida cotidiana una lectura pautada, ponderada, pensante; lo más catastrofistas dicen que se van a acabar las editoriales, los libros se extinguirán… el respaldo de la civilización quedará finalmente a cargo de los memes más ramplones y de los videos musicales más ruidosos y repetitivos.

Reconociendo que sí hay estrecheces y atentados, estamos también ante una oportunidad. En México tenemos por delante una muy concreta: está previsto el cambio a planes y programas de estudio en educación básica, y está previsto hacer los libros y materiales para la formación cívica y ética. En pocos meses podemos tener una opción para vincular ciudadanía y libros, en forma pensada, deliberada, para los doce millones de niños que cursan la primaria.

¿Cómo tendrían que ser esos libros? ¿Cómo se hace un buen libro de formación cívica y ética? Tal vez podemos empezar por descartar cómo no hay que hacerlos. No hay que hacerlos como listado de deberes, la demanda del mundo adulto a ‘la juventud estudiosa’ como se decía en los años sesenta del siglo XX. El buen consejito de la abuelita, una visión ética ‘heterónoma’ como le dicen los kantianos (impuesta desde afuera, definida por alguien ajeno al propio proyecto de vida) no es formación cívica y ética. Es adoctrinamiento. Si es compendio de leyes y normas de urbanidad, aburrido. Si es ejemplos de los héroes nacionales, sin contexto ni activación al presente, es ideología. No puede ser pura exposición racional: abstracto, que no aterriza a la vida. No puede ser sólo frases pegajosas de Powerpoint motivacional: superficial.

¿Qué sí? Que los libros tengan puntos de partida para actividades de autocuidado. Guías para organizarse en los recreos. Pautas para formar la sociedad de alumnos. Apuntes para hacer experiencias de “aprendizaje-servicio”, es decir, proyectos de impacto comunitario en el entorno real. Y tiene que haber libros para los maestros, para que guíen los aprendizajes, de esa hora-materia y de todas las demás de la jornada, según los criterios de los derechos de niñas y niños, que prevengan y destierren los actos de exclusión, discriminación y violencia. Deberíamos estar todos muy atentos a qué proponen esos textos, desde qué perspectiva se presentan, si están acorde a un gradual fortalecimiento del propio discernimiento. Ciudadanía y libros tienen una cita, y la SEP de este periodo será recordada por qué tan atinada, sólida y democráticamente abordó esta tarea.

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Sobre David Calderón

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