Corrupción en la educación: el deterioro moral

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El sistema corporativo del régimen de la Revolución Mexicana encapsuló en bóvedas a las organizaciones que patrocinaba el Estado. Las acciones de la burocracia y de los líderes de los sindicatos, así como los arreglos entre esos segmentos, quedaban encerrados en un secreto hermético. Se sabía que había corrupción porque altos burócratas y líderes vivían por arriba de sus ingresos legítimos. El régimen cubría con cemento sólido y varilla de acero su opacidad. La transparencia le parecía un insulto; rendir cuentas una injuria.

El “currículum oculto” es una concepción que surgió de los trabajos de Talcott Parsons, quien rebasó el análisis del currículum formal y se preocupó por entender lo que los alumnos aprendían en el salón de clases, más allá de lo que decían los libros de texto y dictaban los maestros. Autores radicales, como Bowles y Gintis, retomaron las ideas fundadoras y las tradujeron a su visión neomarxista.

Aunque sus connotaciones importantes ya la habían intuido filósofos desde la antigüedad: “Enseñar con el ejemplo”, los autores citados postularon que mediante el currículum oculto, los sistemas educativos, los maestros y las familias reproducen valores, conductas y cualidades personales en los niños y jóvenes, aunque no sean parte del plan de estudios.

Si esas teorías explican parte de la realidad, entonces obramos mal en México. El sistema educativo se encuentra en una crisis moral que se gestó como larva por décadas, pero hoy hace explosión. Aventuro que la mayoría de lo que los estudiantes experimentan en las escuelas no tiene mucho qué ver con los textos ni los materiales, sino con las actividades dentro de las aulas. Es más, si hacemos caso a los exámenes nacionales y comparaciones internacionales, los niños mexicanos no desarrollan las habilidades y conocimientos esperados, pero sí aprenden a comportarse en sociedad y caminar por la vida. Mas lo hacen con déficit moral debido a los arreglos institucionales heredados del corporativismo y vigentes en la escuela.

Por medio de relaciones sociales complejas —y hasta contradictorias— en las aulas se aprende que la puntualidad no importa; que el respeto por los semejantes es un valor secundario; que la chapuza ofrece rendimientos; que el respeto por las normas (el famoso Estado de derecho) vale poco, lo que cuenta son las palancas; que se puede violentar el orden y no pasa nada (allí se interioriza la noción de impunidad aunque no se conozca el concepto); y que las normas básicas de urbanidad, honestidad y decencia son palabras para la oratoria, no para vivirlas.

Esos mantos de inmoralidad se generaron por las complicidades de larga data entre los gobiernos del PRI y luego por los del PAN con los sindicatos corporativos. La mancha más negra fue (y todavía no se vence por completo) la herencia y venta de plazas. La cubierta de hormigón de la opacidad funcionó por largo tiempo. Hoy todavía falta mucho por esclarecer a pesar de que la transparencia se abre camino y sabemos más de las corruptelas en educación.

El Abusómetro de Mexicanos Primero informa del dispendio en plazas y otros gastos del sistema educativo segundo a segundo; las cantidades son exorbitantes. Y eso que no contabiliza el gasto en  burocracia y mal gobierno, ni las desviaciones para fines ajenos a la educación.

Esa corrupción patente lastima, aunque se pudiera resolver con medidas institucionales; claro, si se hiciera el milagro de que los partidos políticos practicaran el harakiri y mostraran voluntad para aniquilar la corrupción. Aunque parezca ilusorio hago votos porque el Sistema Nacional Anticorrupción fructifique en algo útil. Pero el costo moral, el deterioro en la vida personal, donde ya no hay distinción entre el bien y el mal, entre la conducta correcta y la errónea no se puede cambiar con leyes.

Aunque se juzgue reaccionario, evoco a Émile Durkheim y hoy replico su reclamo por la educación moral. Aviso: él se refería a la moral ciudadana, a la siembra de valores para la convivencia, no a creencias religiosas. Necesitamos un currículum abierto, con un credo civil o la inmoralidad colectiva e individual nos llevará al funeral de la nación.

Para ello tenemos que forzar al gobierno a que deje de bailar con el corporativismo.

                *Académico de la Universidad Autónoma Metropolitana

                [email protected]

Publicado en Excélsior

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El sistema corporativo del régimen de la Revolución Mexicana encapsuló en bóvedas a las organizaciones que patrocinaba el Estado. Las acciones de la burocracia y de los líderes de los sindicatos, así como los arreglos entre esos segmentos, quedaban encerrados en un secreto hermético. Se sabía que había corrupción porque altos burócratas y líderes vivían por arriba de sus ingresos legítimos. El régimen cubría con cemento sólido y varilla de acero su opacidad. La transparencia le parecía un insulto; rendir cuentas una injuria.

Sobre Carlos Ornelas

Carlos Ornelas es doctor en educación por la Universidad de Stanford. Es Profesor de Educación y Comunicación en la Universidad Autónoma Metropolitana Xochimilco. Sus intereses de investigación incluyen el estudio de reformas educativas en perspectiva comparada. Su libro, El sistema educativo mexicano: la transición de fin de siglo (México: Fondo de Cultura Económica, 1995), tiene dos ediciones y 15 reimpresiones.

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