El desprecio de AMLO hacia las universidades públicas y autónomas

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Adrián de Garay

Cuando concluía el sexenio de Ernesto Zedillo (1994-2000), la ANUIES, en el marco de su Asamblea Nacional, invitó a los candidatos a la presidencia a presentar sus propuestas hacia la educación superior frente a los rectores y directores de las IES más importantes del país, públicas y privadas. A esa Asamblea asistió Cuauhtémoc Cárdenas, Vicente Fox lo hizo por teleconferencia y anunció que el nuevo Secretario de Educación Pública saldría de ahí, lo que cumplió al nombrar a Reyes Taméz, entonces rector de la Universidad Autónoma de Nuevo León. Francisco Labastida, candidato del PRI, no asistió y luego organizó un evento desangelado en la Casa Lamm en la Ciudad de México.

Lo mismo hizo la ANUIES en las siguientes sucesiones presidenciales, pero lo que vale la pena destacar es que en el proceso sucesorio de Enrique Peña, el único que se disculpó de no asistir—por agenda (sic)– a la invitación de la ANUIES fue Andrés Manuel López Obrador(AMLO). Desde mi punto de vista, eso fue una evidente señal del ahora Presidente de su desprecio por las universidades públicas autónomas, así como de los institutos tecnológicos federales y estatales. No es casual su reiterada iniciativa de crear 100 nuevas universidades al margen de la Subsecretaría de Educación Superior y a cargo de Raquel Sosa, y que el propio AMLO no haya dicho una sola palabra sobre las universidades públicas autónomas en sus sendos discursos del 1 de diciembre, no así sobre las 100 universidades.

No es novedad que AMLO es un fiel seguidor de las ideas y políticas que impulsaron Benito Juárez y Lázaro Cárdenas. ¿Qué hizo Juárez con la Universidad? La suprimió en su primer mandato en 1861. Y algunos años después Maximiliano de Habsburgo en 1865 la canceló de manera definitiva. Y durante su segundo mandato Juárez mantuvo cerrada la universidad hasta que se reabrió en 1910 en los últimos meses de Porfirio Díaz como presidente. Tanto Juárez como Maximiliano consideraban que la universidad no respondía a los retos que necesitaba la educación superior para atender sus proyectos de nación.

Estando Emilio Portes Gil en la presidencia, en 1933 se expide la segunda Ley Orgánica de la Universidad Autónoma de México (la hoy UNAM), otorgándole plena autonomía, pero suprimiéndole su carácter nacional, y va a ser entendida como una institución privada con un presupuesto anual de diez millones de pesos. Lázaro Cárdenas quien llegó a la presidencia en 1934 no cambió esa configuración y en 1936 creó el Instituto Politécnico Nacional (IPN), sin autonomía, con el fin “de ofrecer educación profesional sobre todo a las clases menos favorecidas”.(www. ipn.mx).
En definitiva, tanto Juárez como Cárdenas, dos de los grandes ideólogos de AMLO, no confiaron en el papel y relevancia de la universidad como una organización autónoma y capaz de formar a miles de mexicanos. O la cerraron, o la restringieron o crearon otras instituciones diferentes bajo el control de la presidencia de la república. Algo similar parece que viviremos con la Cuarta Transformación y sus 100 universidades.

AMLO desconfía de las universidades públicas autónomas porque aprecia que en parte de ellas- y no sin parte de razón-, no existe una rendición de cuentas clara e incluso sospecha de que forman parte del mayor mal nacional: la corrupción. Recuérdese que el 4 de octubre de este año, en un mitin en Cuernavaca, Morelos, a donde acudió para respaldar al flamante Cuauhtémoc Blanco como gobernador del Estado, declaró ante la demanda de los universitarios para rescatar a la Universidad por su crisis financiera que lo haría, aunque recalcó: “pero espérense. No es a ver, cuánto quieren, y les vamos a dar lo que piden, no, primero voy hacer una revisión a los gastos de las universidades, porque es dinero del pueblo”(…) “Y ya no vamos a permitir que haya corrupción en ninguna parte, nada de que como la universidad es autónoma van poder hacer negocios y malversar los fondos públicos va haber apoyo a la educación, pero tiene que haber honestidad”.(Periódico La Jornada).

De tal forma que, parece claro que la apuesta de la Cuarta Transformación para ampliar la atención a los jóvenes en la educación superior no pasará por un aumento presupuestal a las instituciones existentes, sino a través de la creación de sus 100 universidades, proyecto del cual no se conoce públicamente absolutamente nada de su contenido. ¿Cuál es el proyecto académico?, ¿Qué oferta educativa habrá?, ¿En dónde se van a localizar?, ¿Cuál será su presupuesto?, ¿A quiénes y con qué perfil van a contratar a sus docentes?, ¿Cuál será el mecanismo de ingreso para sus aspirantes?, ¿Habrá rectores o “superdelegados” comandados por Raquel Sosa? Y mientras no tenemos información oficial, la ANUIES no ha declarado una sola palabra al respecto. Y aunque AMLO acudió a una reunión con integrantes de la Asociación en agosto pasado, parece que lo único a lo que se comprometió fue a dar más becas a estudiantes. (www.anuies.mx).

En este contexto, no se puede dejar de pensar en dos de los proyectos educativos impulsados por Hugo Chávez en Venezuela entre el año 2003 y 2009: la Misión Alma Mater y la Misión Sucre, que han tenido como eje de gobierno en materia de educación superior profundizar la inclusión a través de la creación de nuevas instituciones paralelas a las públicas existencias, así como el desarrollo de la municipalización de la educación superior. Sin embargo, varios expertos, como la reconocida académica venezolana Cristina Parra, sostienen que en el sistema educativo venezolano ambos proyectos presentan ya debilidades sustantivas porque no sólo no han garantizado la igualdad, sino que han profundizado la inequidad y la exclusión, además de haber construido dos sistemas de educación superior que han confrontado a autoridades, académicos y estudiantes entre sí. ¿Estaremos en breve en un escenario similar?

Parece que el lema de AMLO y su equipo es claro: “Voy derecho y no me quito” y falta ver si, además, también dirán: “si me pegan me desquito”.

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