Interés y aprendizaje

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Miguel Morales

Una de mis historias favoritas es la infancia y juventud de Johann Sebastian Bach, el célebre compositor considerado por muchos el mejor de la historia. A los 10 años, Johann quedó huérfano de padre y madre y fue adoptado por uno de sus hermanos mayores, Christoph. Por generaciones, la música había sido parte integral de la vida de los Bach, y el hogar de Christoph no era la excepción. Johann se deleitaba en las obras de los grandes maestros que su hermano mayor interpretaba al clavecín. El puberto ansiaba interpretar y estudiar las partituras de estas obras, pero su hermano mayor las resguardaba bajo llave en un armario. Esto no detuvo a Johann, quien finalmente logró robar una copia de estas llaves. Como no podía acceder al tesoro durante el día, se despertaba por las noches para transcribir estas partituras a mano y entender los misterios de las grandes obras que le fascinaban. 

Johann no compuso su primera obra sino hasta los 16 años, una edad madura comparada con la de otros genios precoces. Para entonces, había absorbido e interpretado por años el arte musical de los grandes maestros europeos del siglo XVII. Era sin duda un genio, pero su historia muestra que aun él necesitó pararse a hombros de otros gigantes para alcanzar las alturas musicales que acabó conquistando. La imagen del puberto de 12 años transcribiendo sus obras favoritas a mano, bajo la luz de una vela y a escondidas de su hermano mayor, es uno de los mejores retratos del esfuerzo requerido para lograr maestría, en la música como en cualquier campo. 

Casi 300 años después, Paul McCartney, otro músico adorado alrededor del mundo, recorrió su propio camino hacia la maestría musical. Mejor conocido como uno de los cuatro integrantes de los legendarios The Beatles, Paul creció también en un hogar musical. Su padre tocaba el piano, que en los tiempos pre-televisión constituía el centro social de los hogares europeos clasemedieros. Alentado por su padre y auspiciado por su innegable talento nato, el joven Paul probó tocar distintos instrumentos desde su adolescencia. Entre los 14 y los 15 años, poco después de la muerte de su madre, Paul compuso su primera canción, I lost my little girl. El resto es historia, y McCartney es hoy, por justas razones, uno de los músicos vivos más exitosos. Pero lo que me sorprendió descubrir hace poco fue una entrevista en la que sir Paul narra la siguiente anécdota sobre su aprendizaje de la guitarra cuando los Beatles recién comenzaban (ellos tenían menos de 20 años):

De hecho, a veces recorríamos todo Liverpool sólo para visitar a alguien que sabía un acorde que nosotros no sabíamos. Recuerdo que una vez escuchamos de alguien que conocía Si séptimo. Nosotros sabíamos Mi, y sabíamos La, eso era fácil, pero no sabíamos Si séptimo, era como el otro acorde, el acorde perdido. Así que nos subimos al camión, cruzamos Liverpool, transbordamos hacia otro camión, encontramos al tipo y él nos mostró — ding, ding, ding, ding — Si séptimo. Nos lo aprendimos, le dimos las gracias, tomamos el camión de regreso, y les enseñamos a nuestros amigos [hace el ademán de tocar el acorde en la guitarra]. ¡Lo logramos! 

Así como las historias de origen de los superhéroes tienen elementos en común, así las historias de estos genios musicales parecen compartir al menos un aspecto. Aunque ambos poseían un talento musical que los separaba del resto de los mortales, ambos tuvieron que dedicar innumerables horas de su infancia y adolescencia al dominio de su arte. Esta devoción — esta disposición para transcribir las partituras de los maestros a la luz de una vela y para cruzar la ciudad por aprender un solo acorde nuevo — parece ser una cualidad que todos necesitamos cultivar, si aspiramos a dominar el arte u oficio de nuestro interés. También es algo que podemos cultivar, como hemos aprendido todos los que, enamorados, somos de súbito capaces de cruzar mar y tierra por el objeto de nuestra pasión. Pienso que era amor lo que Johann y Paul sentían por la música. A final de cuentas, como reza un bello proverbio japonés, “Nos volvemos buenos en aquello que amamos”.

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