La dignidad del magisterio

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Juan E. Pardinas / Reforma

La peor herencia que le dejó Elba Esther Gordillo a México no fue su opulencia versallesca, ni su corrupción obscena. La porción más tóxica de su legado no fue el debilitamiento del Estado mexicano. El mayor daño de Gordillo a la vida de la República fue el uso del sustantivo «maestra» como sinónimo de su identidad. La fama pública de la ex lideresa del SNTE contaminó la reputación de una profesión de la cual depende un buen tramo de nuestro futuro. Las profesoras y los maestros comprometidos con su trabajo son los arquitectos indispensables de una sociedad civilizada. La impunidad con la que Gordillo operó sexenio tras sexenio fue un cáncer en el prestigio de la educación pública. Algo se nos pudrió en México, si esta señora se convirtió en la principal embajadora del empeño civilizatorio que forjó José Vasconcelos hace casi un siglo.

Elba Esther Gordillo es la villana perfecta, pero no es la única responsable. Los usos y costumbres de la Coordinadora Nacional de Trabajadores de la Educación (CNTE) también han contribuido a erosionar la percepción sobre las tareas del magisterio. El abandono de las aulas para realizar huelgas y plantones ha sido una práctica frecuente que socava la fe en la educación pública en entidades como Michoacán, Guerrero y Oaxaca. Varios gobernadores han confundido los significados de los verbos ceder y negociar. La fragilidad de los gobiernos estatales ha convertido a la protesta social en un enorme incentivo para los incrementos presupuestales. El plantón y la marcha se convirtieron en reiteradas materias de enseñanza básica para cientos de miles de niños. Los dos objetivos fundamentales de la reforma educativa deben ser recuperar la potestad del Estado mexicano frente a la educación pública y fortalecer el respeto del magisterio, como una profesión determinante para el destino colectivo.

Finlandia es citada con frecuencia como un país con un sistema educativo que es referencia para el mundo entero. Esto es cierto, pero hay que agregar que los finlandeses la tienen relativamente fácil: es un país con una población de 5.2 millones de habitantes, su número de estudiantes en educación básica es semejante a los infantes que asisten a las escuelas de un estado como Puebla. A pesar de las diferencias en ingreso y demografía, hay algunas lecciones que podemos aprender del país nórdico. La primera razón que dan los finlandeses para explicar el éxito de su modelo educativo es el prestigio social de los maestros.

La reputación de Elba Esther y los sindicatos magisteriales no se ganó en lo abstracto, ni a punta de ficciones noticiosas. Los diseños institucionales y las presiones políticas permitieron décadas de opacidad en las finanzas sindicales y las nóminas magisteriales. Sin embargo, hay señales de que las cosas están cambiando. La reforma constitucional en materia de transparencia por primera vez incluye a los sindicatos públicos como sujetos obligados a publicar su información. Con este nuevo derecho constitucional los maestros tendrán información inédita sobre el destino de sus cuotas. La transparencia en las finanzas sindicales y el cauce institucional de las negociaciones salariales son la piedra de toque para cambiar la percepción pública. El IMCO publicó un estudio sobre la desorganización y falta de rendición de cuentas de las nóminas magisteriales en las entidades del país. Si se cumplen los plazos, a partir del 2015 habrá un solo padrón de nómina magisterial administrado desde el gobierno federal. Esta decisión deberá ser un paso adicional en transparentar el gasto en educación. Los maestros también son ciudadanos que exigen mayor rendición de cuentas sobre los dineros que invertimos en la educación pública.

Publicado en Reforma

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