Las escuelas secundarias de Hiroshima (II)

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UNIVERSIDAD DE HIROSHIMA

La semana pasada describí a grandes rasgos tres escuelas secundarias que visité en Hiroshima. La presencia física me permite corroborar lo que leo en libros y artículos. Sin embargo, las visitas me deparaban sorpresas. En mi artículo del miércoles pasado destaqué las diferencias en las escuelas; hoy presento sus rasgos comunes.

El plan de estudios es nacional, pero cada plantel disfruta de altos grados de autonomía para ponerlo en práctica. El calendario escolar es de 35 semanas, en las cuales deben cubrir mil 15 horas de instrucción. La hora de entrada es a las 8:15. Antes de comenzar las clases los alumnos leen por diez minutos algo de su interés que luego comentan en la asignatura de japonés. Es un ejercicio para avivar el cerebro. Los martes rinden breve homenaje a la bandera; no todas las escuelas cantan el himno nacional; la mayoría tiene su propia canción.

Luego vienen cuatro clases de 50 minutos con descansos de diez entre una y otra. De 12:30 a las 13:30 es la hora del almuerzo (dos de las escuelas que visité tienen cocina y comedor; en la otra, los alumnos lo llevan o lo compran a un proveedor de paquetes autorizado por el municipio); otras dos sesiones de 50 minutos. Con frecuencia, los maestros organizan excursiones o acompañan a sus alumnos los fines de semana para encuentros de deportes o de arte y cultura.

Mis colegas me comentaron que así es en la mayoría de los planteles; la norma se cumple. Lo que observé y no esperaba —porque no lo había leído— al parecer sucede todos los días en las secundarias del archipiélago japonés.

Las clases terminan a las 3:20 de la tarde. De las 3:25 a las 3:40, los estudiantes hacen la limpieza de sus pupitres, salones, pasillos, laboratorios, auditorios y campos deportivos; y lo ejecutan a fondo. Más asombroso todavía: los maestros hacen el aseo de las salas de juntas, sus escritorios y otros muebles. Le pregunté al director de la escuela Gion Hiroshi quién limpia su oficina y con una sonrisa apuntó a su pecho con el pulgar. En las escuelas de Japón no hay trabajadores de intendencia.

Luego viene un rito entre ceremonia y festejo para cerrar la parte escolarizada a las 4:05 de la tarde. Los maestros y los alumnos se despiden y plantean sus buenos propósitos; hablan de amistad y respeto, de tareas y diversiones.

No obstante, la escuela no se cierra. A esas horas casi todos los alumnos se reúnen en sus clubes para actividades extracurriculares (bukatzudö). Los hay de deportes: futbol y beisbol —que son los favoritos— también de volibol, tenis, pingpong y kendo. Asimismo, hay de música, teatro y de otras tradiciones como diseño de kimonos y artesanías.

Los estudiantes organizan sus clubes, pero siempre hay algún docente que supervisa las actividades; los maestros de deportes entrenan y dirigen a los equipos de la escuela en las competencias, que se realizan en fin de semana. Ellos tienen horarios diferentes. En el verano (el calendario escolar comienza en abril), las escuelas pueden durar abiertas hasta las 7:00 o 7:30 de la tarde; en el invierno, el itinerario se recorta, porque la luz del día se va más temprano.

Lo que más me impresionó: la jornada laboral de los docentes concluye a las 4:20. Pero casi todos se quedan hasta que termina la actividad del club que supervisan. Los maestros que organizan paseos o visitas al parque y museos los sábados y domingos lo hacen sin recibir salario por ello. En las escuelas de esta tierra no se conoce el concepto de pago por horas extra.

Le pregunté al director de una de las escuelas cómo le hacía para convencer a los maestros de que desempeñaran esas tareas. Me dio una respuesta en japonés de casi tres minutos. Riho Sarukai, mi colega en la Universidad de Hiroshima, me dijo que era difícil traducir toda la expresión, pero se puede resumir en una frase: El espíritu de los maestros japoneses.

Por lo narrado, parecería que descubrí la utopía. Nada de eso, las escuelas de Japón tienen problemas. Hay casos deijime (bullying), de niños que no estudian, de docentes indolentes, de padres monstruos (así les dicen a los que sobreprotegen a sus hijos y les reclaman todo a los maestros), discriminación contra minorías y otras dificultades; pero en una  escala mucho menor que en otras latitudes.

*Académico de la Universidad Autónoma Metropolitana

[email protected]

Publicado en Excelsior

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Sobre Carlos Ornelas

Carlos Ornelas es doctor en educación por la Universidad de Stanford. Es Profesor de Educación y Comunicación en la Universidad Autónoma Metropolitana Xochimilco. Sus intereses de investigación incluyen el estudio de reformas educativas en perspectiva comparada. Su libro, El sistema educativo mexicano: la transición de fin de siglo (México: Fondo de Cultura Económica, 1995), tiene dos ediciones y 15 reimpresiones.

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