Orquestas, ¿qué tiene de malo?

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Roberto Rodríguez Gómez

UNAM. Instituto de Investigaciones Sociales

La SEP está empeñada en incorporar al currículum la enseñanza musical y en la formación de orquestas y coros en las escuelas. Una de las primeras manifestaciones de esa intención se dejó notar en la iniciativa de reforma al artículo 3o. constitucional enviada por el Ejecutivo al Congreso el 12 de diciembre del año pasado, en la que se proponía incorporar a los planes de estudios “las artes, en esencial la música”. Así decía. Al cabo del extenso debate legislativo de la reforma la redacción cambió la palabra “esencial” por “especial” y así quedó.

La nueva Ley General de Educación, aprobada el 19 de septiembre en la Cámara de Diputados, otorga también un lugar especial a la enseñanza musical al incluir, como parte del contenido de los planes y programas de estudio de la educación que imparta el Estado y los particulares con autorización o reconocimiento de validez oficial “la enseñanza de la música para potencializar el desarrollo cognitivo y humano, así como la personalidad de los educandos.” Para concretar tal propósito, en junio de este año, el titular de la SEP anunció que el programa de Orquestas Escolares establecerá hasta 64 grupos este mismo año en todos los estados. También indicó que el proyecto recibirá el apoyo de la Asociación Azteca Amigos de la Cultura y del Arte para desarrollar la política respectiva (véase el anuncio aquí).

No hay duda de que recuperar, principalmente en el ámbito de la educación básica, la enseñanza de las artes es una buena propuesta. Lo ideal sería, en mi opinión y en la de otros que también la han externado en el mismo sentido, que las niñas, los niños, los adolescentes y los jóvenes pudieran acceder, de manera conceptual y también práctica, al campo formativo de las distintas artes: visuales, escénicas, literarias, gráficas y musicales. Según sus preferencias y de acuerdo con sus aptitudes. Poner énfasis en una sola de ellas, como es el caso de la instrucción musical, no es la mejor opción. La amplia trayectoria y experiencia de las escuelas de iniciación artística a cargo del INBA, así como el exitoso sistema de centros CEDART, para el caso de la educación media superior, tendría que tomarse en consideración y reforzarse.

Vincular la educación musical a la formación de orquestas escolares, siguiendo el modelo experimentado por Esperanza Azteca de la Asociación Azteca Amigos de la Cultura y del Arte A.C., deja la impresión de una política sesgada a favor de un solo promotor. Así lo han hecho notar los académicos Laura Gutiérrez Gallardo, Cynthia Fragoso Guerrero, Federico Sastré Barragán y Luis Alfonso Estrada Rodríguez en sus observaciones a las propuestas del nuevo Reglamento Interior de la SEP en que la SEP propone la creación de una Dirección General de Educación Musical y Orquestas Escolares.

Los especialistas, autores del comentario remitido a la Comisión Nacional de Mejora Regulatoria, anotan que México cuenta con una gama muy amplia y variada de especialistas en educación musical, algunos de la UNAM, otros de la Universidad Veracruzana, de la Autónoma de Aguascalientes, de la BUAP, de la Autónoma de Chihuahua y de la Universidad de Guanajuato, entre otras, que podrían contribuir, desde su conocimiento y experiencia, a formular y enriquecer un modelo educativo en la materia.

Hay que considerar, por otra parte, que el proyecto de las orquestas se traslapa con el Sistema Nacional de Fomento Musical (SNFM) a cargo de la Secretaría de Cultura (véase al respecto la opinión del especialista Glen Rodrigo Magaña, “El tema orquestal”, en Análisis a Fondo Diario, 29 Julio 2019, aquí). El SNFM tiene un propósito congruente con la política social y educativa del régimen: “promover a través del quehacer musical, el desarrollo integral de niños y jóvenes, principalmente de quienes habitan en las localidades más desprotegidas social y económicamente del país, con el objetivo de contribuir a la recomposición del tejido social.”

La cuestión es entonces ¿Cómo se piensa, desde la SEP, armonizar el trabajo de Esperanza Azteca con el que se ha desarrollado a través del SNFM? ¿Uno va a contener o subordinar al otro, son vías separadas, compiten entre sí o cuál será la articulación entre ellos?

Sobre todo, porque el modelo y enfoque del SNFM incluye la formación de coros y orquestas, pero tiene una mayor amplitud en sus formatos y alternativas. Como señala la información de su página web, “hasta abril de 2019, tiene 96 agrupaciones musicales comunitarias (25 orquestas, 33 coros en movimiento, 3 coros tradicionales, 20 bandas sinfónicas, 2 bandas tradicionales, 8 ensambles instrumentales y 5 ensambles tradicionales) distribuidas en 67 municipios de 27 estados de la República Mexicana.” Además, se han conformado sistemas regionales: el sistema de bandas de Cd. Juárez, el de agrupaciones musicales comunitarias de Guerrero, el sistema Bajío en Guanajuato, el sistema Jalisco es Música, el sistema michoacano y dentro de él subsistema Jimbani Erándepakua, el sistema Sonemos en Morelos, las agrupaciones musicales comunitarias de Puebla y con la misma denominación el de Mérida, y el sistema potosino.

Las preguntas centrales son: además de la formación musical ¿cómo tiene previsto la SEP impulsar la formación en el resto de las artes? ¿cómo se va a conjugar el modelo de orquestas tipo Azteca con el que promueve el SNFM? Esperemos que el Programa Sectorial de Educación, de próxima publicación, nos brinde respuesta sobre estas cuestiones.

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