¿Reformas deformadas?

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Eduardo Gurría B.

A partir del Siglo XX, las políticas educativas de México han pasado por etapas, propuestas y procesos diversos; algunos de ellos provenientes de la pasión de educadores quienes, tal vez, vivieron en el tiempo equivocado, ya que el gobierno nunca se ocupó mucho de la educación como herramienta para el progreso.

Algunas de estas ideas vinieron de pensadores como Ignacio Manuel Altamirano, Justo Sierra o José Vasconcelos, otras de Enrique Rébsamen, Joaquín Baranda o Guillermo Prieto; todos ellos con la vocación y la convencidos de que la educación debería de ser accesible a todos los mexicanos, tanto para los incipientes núcleos urbanos, como para el medio rural, que siempre, desde que México es México, ha vivido a un lado… al lado de la marginación.

Las ideas de estos grandes reformadores no siempre fueron bien vistas y menos consideradas por los gobiernos producto de la centenaria turbulencia nacional: estaban muy ocupados llevando a cabo guerras, politizando hasta el fanatismo ideologías o afianzándose en el poder.

Muchas han sido las propuestas que buscaban cimentar la educación hacia el desarrollo, como es el caso de potenciar la educación popular con Rébsamen y Baranda, la fundación de la Universidad Nacional  de México, con Justo Sierra, la fundación de la Biblioteca Nacional, con Vasconcelos, las escuelas normales en Puebla, con el Club Ponciano Arriaga, las escuelas rudimentarias y hacendarias durante el breve periodo de gobierno de Francisco Madero, la federalización de la educación durante el Maximato, mediante la creación de la SEP, o la promulgación del Artículo 3º Constitucional en el gobierno de Venustiano Carranza.

Todo esto se enfrentó a los problemas que hasta hoy prevalecen, como la diversidad étnica, la falta o el desvío, cuando los hubo, de los recursos y la teorización, siempre peleada con la práctica.

También llegaron importantes influencias de modelos extranjeros, como el Poema Pedagógico de Majkarenko, la Democracia y Educación de Dewey, Summer Hill de Sutherland e, incluso, lo extremista del español Ferrer; hemos pasado por el positivismo, el conductismo, el constructivismo, el populismo, el nacionalismo, el laicismo y hasta la educación socialista durante el sexenio de Lázaro Cárdenas, y demás; se han promulgado leyes que lo más que han generado son controversias que aún no se solucionan, como es el caso de la reforma cardenista sobre el Artículo 3º, que se enfocó en la educación para los obreros y campesinos, el establecimiento de las Escuelas Regionales y la fundación del IPN.

Hacia los años 40s, se buscó desarrollar de una educación integral, científica y democrática, o dirigir la mirada fuera de las fronteras en el periodo de Miguel Alemán, hacia la UNESCO, o la distribución gratuita de los libros de texto, en el sexenio de Adolfo López Mateos, junto con la Ley Nacional de Educación de Adultos.

Y aún, otras propuestas han venido de inverosímiles personajes, como Emiliano Zapata, con la Ley sobre la Generalización de la Enseñanza de 1915, o Francisco Villa quien, en los pocos días que fue gobernador del Estado de Chihuahua, fundó nada menos que cincuenta escuelas –siendo que él, casi, era un analfabeto-, con una fuerte inclinación hacia los más débiles.

En todo esto y con todos estos hombres las ideas siempre han coincidido en el aspecto del enfoque social que toda tendencia en educación, per se, debe tener, es decir, la educación, si no es para todos, no merece llamarse así.

En términos generales, lo que en México se ha buscado es abatir la pobreza y el aislamiento, disminuyendo la enorme brecha que existe entre el México desarrollado y el México sumido en el subdesarrollo, la ignorancia y la miseria.

Sin embargo, hoy, la discusión sigue en el mundo de los intocables; ahora se trata de una contrarreforma a la contrarreforma que estaba en contra de la reforma, y que se oponía a la reforma anterior que, a su vez, había reformado las reformas del pasado y que habían sido reformadas sexenio a sexenio.

Y ante toda esta absurda y lamentable palabrería, ¿quién va por el camino correcto?, ya que los costos son evidentes, muy visibles desde cualquier punto de vista del que nos veamos a nosotros mismos en materia educativa y en términos de desarrollo, sobre todo en la posmodernidad de una sociedad de la información.

Toda forma –no necesariamente reforma-, es decir, toda estrategia educativa debe tener como prioridad el aprendizaje sustancial y para la vida del educando a través del maestro como un verdadero reformador en el día a día.

En otras palabras, toda reforma debe ser traducida, en todo caso, en estrategias adecuadas y propiciatorias del aprendizaje, para lo que es necesario tomar en cuenta diversos aspectos contextuales, como grado, disciplina, currícula, dinámica social y para la transversalidad, contexto cultural, geográfico y económico, número de alumnos en el aula, recursos disponibles, evaluaciones de diagnóstico con resultados reales para una correcta ubicación y, en última instancia, el grado de preparación del propio docente.

De cualquier manera, los cambios de índole legal o política no son, de ninguna manera, determinantes de la educación: ningún político puede, con su varita demagógica, solucionar con un plumazo –o con un decreto-, el rezago educativo.

Tal vez, habría que dejar guardada por un tiempo la Taxonomía de Bloom.

 

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