Una crónica postergada a setecientos treinta días de ausencia / Ana Solís Calvo

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El ambiente era festivo, a las cinco de la tarde del veinte de noviembre de hace casi ya un año, las calles aledañas al ángel capitalino lucían como la toma aérea que nunca sale en los medios de comunicación de derecha, porque revelaría la cantidad impresionante de personas reunidas.

Marchan los politécnicos a su cita con el gobierno federal

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He de confesar que no estaba convencida del todo. Había ido por la necesidad de acompañar a mis hijos de diecisiete y veintiún años quienes están indignados hasta la médula y se sienten comprometidos con el movimiento estudiantil. A pesar del miedo que se ha diseminado por los medios y la represión al derecho de expresión, ¿cómo los detienes, ¿cómo les dices que no vayan?, ¿cómo? Si yo, a pesar de no ser una adolescente todavía confío en la posibilidad de unirnos para cambiar la realidad del país que es nuestra casa. Reconozco el temor de salir a las calles, de asistir a la marcha; pero se más terror pensar que si no hago algo, mis hijos podrían vivir atemorizados siempre.

Vi el cielo abierto cuando encontramos a nuestro contingente. Nos incorporamos a las filas entre abrazos y besos de bienvenida. Los rostros esperanzados de mí familia, me hicieron extender la cartulina que traía preparada y levantarla en alto. “Soy profesora de la Universidad Pedagógica Nacional y mis alumnos no están solos”, se leía en ella. Era como si mi voz pudiera ser escuchada por aquella multitud. No éramos nada más un puñado de jóvenes estudiantes o revoltosos como se señala en algunos medios. Éramos mujeres con bebés en brazos, hombres congruentes con la vida, que acompañan sus hijos para ser solidarios y dignos. Éramos sueños de transformación.

“1, 2, 3, 4… 40, 41, 42, 43 ¡Justicia!” La principal consigna. A cada paso esta interminable conjunción humana me mostraba rostros de ancianos, madres y padres con niños a pie y otros en brazos. Los jóvenes con su algarabía y empuje. Unos bailaban con panderos y maracas. Otros al son de “Vivos los queremos, porque vivos se los llevaron” que tocaban cientos de jaraneros entre la alegre avanzada. Carteles que reflejaban indignación, pie de lucha y solidaridad. “Nos enterraron pero no sabían que éramos semilla”.

“Peña renuncia, ¡Ya!”. Al llegar al caballito de Reforma su base estaba tomada por estudiantes que mostraban de pie, las fotografías de los cuarenta y tres desaparecidos. Desde el cielo los Drones, máquinas de control remoto tomaban videos aéreos, seguían a detalle a la multitud. Al llegar al cruce de Juárez y Balderas un contingente con una manta gigante se detuvo. Uno a uno los jóvenes que la cargaban se dejaban caer al suelo cada vez que se iniciaba la cuenta, hasta llegar a cuarenta y tres. Gritamos ¡Justicia! Se pusieron de pie y corrieron para alcanzar la caravana. Homenaje perpetuo al alma por cada joven no encontrado. “Ayotzin, aguanta”.

“Hemos vivido tanto tiempo con miedo, que ahora solo tenemos coraje”. Versa la cartulina de mi hija, un fotógrafo extranjero le pide que se detenga para tomarle una foto. Ella y sus amigos se arremolinan detrás del cartel para mostrar su indignación. En el cruce de López y Juárez me impacta ver a una pareja de ancianos purépechas. Visten gabanes de lana en sus tejidos se lee: “Ayotzinapa vives en nuestro corazón. Normal rural de Michoacán.” Junto a ellos, un hombre muestra un cartel: “Hijos vine porque nos faltan 43 hermanos.” Me detengo, debo tomarles una foto y decirles algo, que sepan lo que me inspiran. Me siento tan conmovida que la emoción no me lo permite, les extiendo mi mano y estrecho las suyas. Lágrimas contenidas.  Más adelante frente al Palacio de Bellas Artes un rostro conocido asoma desde lo alto de un poste en la esquina que forman Eje central y Juárez. Su encuentro me devuelve la alegría, amigo de la escuela, compañero entre la multitud hemos coincidido. Nos abrazamos y comprobamos felices que no somos los únicos locos, somos miles. Aldo, me dejan. Otro abrazo y me volví a formar parte de la fila. “Peña bombón te quiero en la prisión”.

“Gaviota, Gaviota tu esposo es un idiota”. Sus caras dibujaban una sonrisa de travesura y liberación cada vez que repetían su consigna y contagiaban a más de uno. Eran un grupo de señoras que lucían distinguidas, parecía que se habían unido al contingente después de su habitual café en la Casa de los azulejos. “Fuera gobierno de muerte”. Estaba escrito sobre una calavera dibujada en una pancarta color rosa mexicano sostenida por un niño que lucía valiente su cartel en la esquina de Eje central y Cinco de Mayo. Eran ya las 8 de la noche cuando vimos la calle 16 de septiembre cerrada por vallas de policías.

– ¿Por qué nos desvían? Preguntó mí sobrina.

– ¿Qué hacemos? Dijo mi prima. Dicen que cerraron 16 de septiembre porque hay provocadores. A pesar de ser de las más aguerridas de la familia, su cara revelaba preocupación. Traemos bebés.

– Tranquilas, respondí. Miren todos siguen por Cinco de Mayo, continuemos otro rato. A ver si podemos acercarnos al zócalo.

Debido a la multitud la calle se volvió estrecha, avanzábamos en forma lenta. Nos dieron las ocho y media. De pronto vimos que los de delante brincaban al avanzar, era una danza como las que se ven en los conciertos de rock. “El que no salte es Peña, el que no salte es Peña” corearon de forma rítmica entre la sorna que les producía la consigna. ¡Ni pedo, todos a brincar! Gritó un grupo de chicas divertidas saltando por un trecho de la calle. A las nueve por fin entramos al zócalo. Los jóvenes de diversas facultades de la Universidad Nacional Autónoma de México entraron triunfantes, sus contingentes de estudiantes en orden, deslindados de la multitud por lazos que llevaban enredados en sus brazos. Nosotros pudimos colocarnos a su lado y entrar junto con ellos. ¡Ayotzin, no te rindas, la lucha sigue, sigue! Éramos cientos tal vez miles, todos con la intención de hacernos escuchar.Una Luz por Ayotzinapa

Algunos de nuestro grupo dejamos la caravana para recuperar fuerza, unos sentados en los quicios de un negocio junto al Monte Pio. Otros decidieron no descansar, se internaron nuevamente entre la multitud para agregarse al mitin que estaba en la orilla derecha del zócalo. Un segundo más tarde sonaron dos estallidos roncos a lo lejos. No pudimos ni preguntarnos qué era. De inmediato una turba de personas corrió haci nosotros. Todos querían guarecerse. ¡Los niños!, alguien gritó. ¡Dejen la carriola!, en un momento teníamos a los dos bebés que llevábamos ya en brazos. Aparecieron corriendo los que se habían encaminado al zócalo. ¡Vámonos, nos echaron a los granaderos! ¡Sin correr pero rápido! Colocaron al centro a mujeres y niños, nuevamente volvimos a ser uno al salir despavoridos. El corazón se me salía, tuve que calmarme. No pasa nada me dije, aunque sabía que podía pasar lo peor ¡Maldita sea por qué traje a mis hijos!, si les pasa algo, yo seré la única culpable, ¡Gobierno de mierda! Repetía mientras la sangre me golpeaba fuerte el cerebro. En el camino una joven corría desesperada, llevaba un bebé de brazos y de la mano a un pequeño cuando mucho de tres años. Le pregunté si venía sola. Pude ver el miedo en sus ojos. Vente, júntate con nosotros. La incorporamos al grupo. Nos enfilamos por Madero.  ¡Por la orilla!, aquí con todos. Miles al igual que nosotros buscaban salir ¿Habría algún lugar seguro? Ya no se escuchaban consignas, lo único era ponerse a salvo.

Encontramos de frente a un grupo que iba en dirección al zócalo, traían chamarras con el logotipo de derechos humanos. Les gritamos que habían entrado los granaderos, que habían lanzado gases sobre la población indefensa. No detuvieron su marcha, nuestro grupo tampoco, continuamos huyendo. No supimos si les importó o no, pero les dijimos lo que había pasado. De entre la multitud que escapaba junto con nosotros por Madero todavía se alzaron algunas voces y una o dos calles antes de llegar a Gante gritaron la porra de la Universidad. Nosotros no coreamos nada, de hecho abandonamos nuestras cartulinas en el escape. Al llegar a la Torre Latinoamericana, nuestro contingente se deshizo. Nos abrazamos con fuerza y prometimos enviar mensaje al llegar o reportarnos de inmediato en caso contrario. Para mí este día en que se conmemoró un aniversario más de la Revolución Mexicana terminó hasta que cada uno de los integrantes de mí contingente estuvo a salvo en casa.

Postergué esta crónica, porque el miedo paraliza. Sin embargo, ante el hecho de que cuarenta y tres jóvenes estudiantes normalistas no hayan vuelto a casa desde hace casi dos años, el miedo y el silencio no pueden seguir habitándonos.

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