
En un rincón del diccionario, donde la Real Academia Española —en colaboración con las veintitrés instituciones de la Asociación de Academias de la Lengua Española (ASALE)— guarda a los inadmisibles, había una sala de aislamiento lingüístico. Allí, confinados y en estricta cuarentena, se reunían los verbos bárbaros: aquellos nacidos de anglicismos innecesarios, neologismos burocráticos, tecnicismos invasores y jerga de última moda que la Fundéu y la RAE miraban con recelo.
Según los criterios académicos para admitir un neologismo en el Diccionario de la lengua española (DLE), una palabra sólo se incorpora si cumple tres condiciones: debe llenar un vacío real en el idioma (es decir, en verdad ser necesaria, sin equivalente preciso ya existente), haber alcanzado un uso amplio, extendido y asentado entre los hablantes de todo el ámbito hispánico, y contar con el consenso mayoritario de las academias que velan por la unidad del español. Sólo entonces deja de ser un intruso y pasa a formar parte del repertorio oficial.
Un día, el jefe de la guardia, el verbo abrir, asomó la cabeza por la puerta:
—Oigan, ¿qué hacen ahí dentro? ¡Ustedes deberían estar en cuarentena eterna!
Desde el fondo, aperturar levantó la voz con tono pomposo:
—Nosotros aperturamos el debate. Yo aperturé esta reunión para ofertar nuevas oportunidades de expresión.
Ofertar, ajustándose la corbata comercial, añadió:
—Exacto. Yo oferto mis servicios: en lugar de un simple «ofrecer», yo oferto productos con más estilo ejecutivo. ¡Soy necesario, innovador y aceptado por millones!
Accesar, tecleando en un teclado imaginario, intervino:
—Y yo «accedo»… perdón, permito «accesar» al sistema. ¿Por qué usar «acceder» si puedo «accesar» datos con un toque más informático? ¡Mi uso es masivo en oficinas y manuales tecnócratas!
De pronto, un grito desde la esquina: «deletear» borraba con furia un archivo invisible.
—¡Yo «deleteo» todo lo viejo! ¡Borro, elimino, suprimo… pero «deletear» suena más pro! ¡Sin mí, la tecnología no avanzaría!
«Resetear» pulsó un botón rojo:
—Totalmente. Si algo falla, yo «reseteo» el idioma entero. Un buen «reset» y volvemos a empezar. ¡Soy indispensable en cualquier dispositivo!
«Clickear» hizo clic con los dedos:
—¡Clic! Yo «clickeo» en «aceptar» para unirnos al diccionario oficial. ¡Todos los usuarios me usan a diario!
«Loguear» asintió, iniciando sesión:
—Yo me «logueo» primero. Usuario: barbarismo. Contraseña: anglicismo123. ¡En apps y webs soy el rey!
«Printiar» sacó una hoja en blanco:
—Y yo «printeo» las actas de esta reunión para que quede registro. ¡Imprimir es tan… analógico!
«Escanear» pasó un rayo de luz sobre todos:
—Escaneado completo. Detecto virus puristas acercándose.
De repente, «recepcionar» entró con un paquete:
—«Recepcioné» una queja de la RAE. Dicen que somos innecesarios, que ya existen «recibir», «abrir», «ofrecer», «acceder» y tantos otros equivalentes perfectos.
«Posicionar» se colocó en el centro:
—Yo me «posiciono» como líder. «Posicionemos» nuestra marca en el mercado lingüístico. ¡Somos modernos y globales!
La sala estalló en caos. «Visionar» proyectaba imágenes futuras:
—«Visiono» un futuro donde todos nos aceptan, porque el uso masivo nos legitimará y las academias cederán.
Pero «abrir», desde fuera, cerró la puerta con fuerza y, con voz firme, leyó el veredicto académico:
—Ni lo sueñen. El primer criterio es que no existan ya en español formas equivalentes y precisas: ustedes son redundantes. El segundo, que el uso que les den los hablantes sea amplio y asentado en todo el mundo hispánico: lo intentan, pero aún luchan contra alternativas naturales. Y el tercero, que sean de verdad necesarios para expresar algo nuevo: no lo son, solo pretenden sonar más técnicos o extranjeros. Mientras no cumplan estos requisitos —y el consenso panhispánico lo confirme—, siguen en cuarentena. ¡Y punto!
Y así, los verbos bárbaros permanecieron aislados, soñando con el día en que la lengua, según ellos, «desarrolle»… o al menos, les dé un indulto parcial. Pero la RAE y las academias, guardianas de la unidad y la riqueza del español, seguían vigilantes.

