Diego Armando Piñón López
A propósito de la absurda e injustificada decisión de la SEP, parece replicarse por doquier una endeble defensa ante las implicaciones de esta coyuntura: “La escuela no es guardería”.
El argumento estriba en una trampa semántica bastante perniciosa, que pretende evitar una eventual degradación de lo que supone la escuela en su conjunto, sirviéndose de la comparación de dos funciones de la misma; como si una fuera encomiable y la otra vergonzosa. Que si la escuela “baja” a cuidar, ha traicionado su misión. Esto habla mucho de cómo se concibe la formación de la infancia.
En la construcción de ese discurso, se convierte a la educación en un proyecto de jerarquía de valores que exige una distinción que haga sentido para saberse —creerse— moral y/o profesionalmente superiores: el hecho de promover los aprendizajes en un salón de clases, y el simple acto de atender a un ser humano —un menor en este caso—. Como si no estuvieran ambas estrechamente vinculadas. Está claro que no son lo mismo, sin embargo, el cuidado no es el opuesto del aprendizaje y está bastante lejos de mostrársele siquiera incompatible.
El argumento es bastante revelador si se le pone atención: el conocimiento y el desempeño académico valen; el cuidado concreto y relacional —requerido para la existencia del primero—, no.
Decir que la escuela no debe ser una guardería es, en el fondo, decir que la escuela no necesita preocuparse por la integridad ni el estado emocional de sus alumnos. Querer antagonizarlas, sería más bien ese intento de degradación del que tanto procuran protegerse.
Más allá de una narrativa polémica, simpática o antipática —dependiendo el sesgo desde donde se le analice—, la neurociencia del aprendizaje tiene ya tiempo evidenciando que un infante que no se siente seguro, contenido y cuidado, no aprende. El cuidado es precondición biológica del aprendizaje, no compite con él.
Parece configurarse un desprecio explícito hacia el trabajo del cuidado, particularmente en entornos educativos —desde luego que sobran razones para que ese fenómeno también se esté presentando, acá a lo que se recurre es al reconocimiento de tal—. Se utiliza “guardería” como insulto, como sinónimo de algo bajo e indigno. Seguramente los profesionales de la educación inicial opinan diferente y tienen sus reservas con expresiones como las de ese tipo.
Esta escala de valores que aparenta ser neutral, no lo es. Es de hecho, profundamente clasista: Las familias con recursos pueden externalizar el cuidado, contratar apoyo psicológico, asegurarse de que sus hijos sean orientados y contenidos. Para muchas otras familias, la escuela es el único lugar donde eso existe o puede existir.
Es improrrogable reconocer que en una sociedad donde gran parte de las madres y padres trabajan jornadas extensas para sostener a sus familias, la institución escolar cumple una función indispensable de equilibrio social en tanto permite el desempeño laboral. Se concede a la escuela un valor de espacio primero seguro, más tarde —pero igualmente importante— formativo. Desestimar lo anterior deja ver una comprensión estrecha sobre la desigualdad que cubre al tejido social y las dinámicas que se le derivan; problemas estructurales, históricos y económicos que todavía sortea la modernidad.
Una escuela que renuncia al cuidado se vuelve más hostil, y no más valorada, como suponen quienes aducen la figura despreciativa de “la guardería”. Los estudiantes aprenden más pronto a disociarse, a cumplir sin comprometerse. Así, el entorno hostil obstaculiza el aprendizaje, y privilegia en su lugar a la supervivencia.

