María Mercedes Ruiz Muñoz*
En colaboración con Liliana Atziri Álvarez Ávila**

A 12 años de la desaparición forzada de los estudiantes de la Normal Rural Isidro Burgós, de Ayotzinapa, Guerrero, la llamada noche trágica sigue siendo una de las heridas más profundas de la historia reciente de México. ¿Qué pasó?, ¿cómo pasó?, y ¿por qué pasó?, nos lleva a expresar, a manera de indignación, acerca de los sujetos de abyección (Popkewitz, 2010), de los espacios inhabitados, de los sujetos que no cumplen con los estándares de las sociedades modernas cosmopolitas. Popkewitz invita a interrogarnos sobre el entramado de las prácticas culturales, sociales y políticas desde una mirada histórica que permita dar cuenta de los procesos de abyección (relaciones de inclusión y exclusión), de las políticas y de la posibilidad de cambio.
En la narrativa de los estudiantes normalistas es común escuchar la forma en que se dirigen entre ellos: “¡Ingeniero! ¡Lic.! ¡Doctor!”, en alusión a la carrera universitaria que aspiraban estudiar y que, por condiciones de vida o de pobreza, les fue imposible hacerlo. Por eso, la Normal rural se configura como la única oportunidad educativa a la que tienen derecho. Un recorrido por las normales rurales, sus prácticas de formación político-pedagógica, las formas de convivencia, sus dormitorios, sus comedores y hasta sus alimentos dan cuenta del descuido institucional y de la falta de políticas educativas para fortalecer este proyecto educativo emanado de la Revolución mexicana (Ruiz et al., 2018).
¡Yo quería estudiar derecho, yo quería ser abogado! Desafortunadamente, mi papá me lo dijo: -sabes qué tú, saliendo de la secundaria, te vas a trabajar conmigo-, pero cuando salí, ya no quise trabajar con mi papá, voy por la calle y me encuentro un volante y ese volante, me imagino que los muchachos de la Normal lo dejaron en las diferentes comunidades a fin de divulgar el proyecto de la Normal…
En otras narrativas, como la que realizó Tryno Maldonado (2016) en la Normal Rural Isidro Burgos, al estar conviviendo de cerca con los estudiantes y compañeros de los 43 desaparecidos, tres asesinados y dos con heridas permanentes y de gravedad por las fuerzas de Estado en complicidad con el crimen organizado, se perciben las historias de vida de los jóvenes que cayeron el 26 y la madrugada del 27 de septiembre de 2014 en la ciudad de Iguala. Estas historias revelan un aprecio por las duras jornadas del campo y, por encima de todo, una vocación de contribuir a la mejora de sus familias y sus comunidades.

La desaparición forzada de los estudiantes normalistas de Ayotzinapa evidenció que el Estado actúa con violencia ante la acumulación de rezagos en la que operan las normales rurales, y ante las cuales los normalistas han tenido que responder a través de prácticas de supervivencia. Las carteras de lucha de la Normal rural son las encargadas de sobrellevar esas tareas de interpelación y acopio de recursos para las actividades escolares, como las prácticas de campo y de activismo, las marchas o la toma de autobuses. El Estado debería de canalizar estas demandas con el apoyo de mayores recursos, becas para los estudiantes y una política pública de atención. Sin embargo, deja que las condiciones de precariedad se acentúen y en el momento en que se manifiestan en espacios públicos los agrede y los acusa de revoltosos.

A pesar de estos estigmas y del abandono sistemático, cada año, desde aquel 2014, cientos de jóvenes estudiantes, maestras y maestros normalistas siguen saliendo a las calles de la Ciudad de México para exigir verdad, justicia y memoria histórica. En las narrativas de maestros pertenecientes a la Coordinadora Nacional de Trabajadores de la Educación (CNTE), se menciona cómo la conmemoración de la desaparición de los 43 estudiantes de Ayotzinapa se ha constituido en un deber de la lucha normalista y magisterial, lo que asume un fuerte sentido político y pedagógico de responsabilidad como formadores de futuros educadores, pero también personal en tanto identifican dentro de sus propias trayectorias y familiares lo que implica ser de una escuela Normal rural.
A 12 años de Ayotzinapa. Voces de la madre de un estudiante desaparecido y de maestros normalistas
Asimismo, debemos focalizar la lucha diaria que las madres, padres y familiares de los 43 estudiantes desaparecidos han sostenido por estos 12 años. La madre del estudiante Benjamín Ascencio así lo expresa: “Llegar a 12 años se dice fácil, pero de caminar y de luchar ha sido difícil. Pero estamos aquí por el amor que le tenemos a cada uno de nuestros hijos, nos mantenemos de pie”.


El activismo y la organización representan el último recurso de apelación para estos sujetos para hacerlos visibles, como señala Ranciére (1996), a los “sin parte”. Mediante el ejercicio de la política, estos sujetos denuncian la relación exclusión-inclusión en la que se desenvuelven. Si bien los sujetos depositados en los espacios inhabitados pertenecen al status de los sin parte, esto no los hace invisibles. Su presencia se expresa en la manifestación en el espacio público como arena agonística, en lucha permanente, donde se hace explícita su condición de exterioridad.
Referencias:
Popkewitz, T. (2010). “Inclusión-exclusión como gestos dobles en política y ciencias de la educación”, en Propuesta educativa, (33), 11-27.
Ranciére, J. (1996). El desacuerdo. Política y filosofía. Nueva Visión.
Ruiz et al. (2018). La reforma educativa y los procesos de abyección: el caso de los normalistas rurales. En Reforma educativa en México: hegemonía, actores y posicionamiento político-pedagógico. Universidad Iberoamericana Ciudad de México.
Maldonado, T. (2016). Ayotzinapa: el rostro de los desaparecidos. Planeta
* Investigadora honoraría del Centro de Investigaciones Interdisciplinarias para el Desarrollo de la Educación, Universidad Iberoamericana Ciudad de México.
** Asistente de investigación, Universidad Iberoamericana Ciudad de México; participante del Programa Alternativas Pedagógicas y Prospectiva Educativa en América Latina (APPeAL, México).

