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Auge de la inteligencia artificial; riesgo de olvido de la inteligencia humana

por Pluma invitada
4 marzo, 2026
en Opinión
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Auge de la inteligencia artificial; riesgo de olvido de la inteligencia humana
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Jorge Gastélum-Escalante

Estoy como Mafalda: no preocupado por la inteligencia artificial, sino por la inteligencia natural.

En menos de una década, la inteligencia artificial (con todos los apellidos que ha acumulado) ha pasado de ser una curiosidad tecnológica para tornarse una presencia cotidiana casi inexcusable. Escribimos con ChatGPT, le pedimos una canción a Alexa, una sugerencia a Siri, un domicilio a GPS, pensamos en voz alta con la IA, tomamos decisiones apoyados en ella, incluso le delegamos partes de nuestra intimidad creativa. El resultado es paradójico: nunca habíamos tenido acceso a tanta capacidad «intelectual» externa y, al mismo tiempo, tampoco habíamos ejercido tan escasamente nuestra propia inteligencia. La IA está desecando nuestra inspiración. Un día se van a enfadar Clío (historia), Erato (poesía amorosa) y Talía (comedia), y nos abandonarán, porque musa que no es visitada siente que no es adorada.

La comodidad que ofrece la IA es adictiva porque reparte likes (que son como shoots de dopamina) a diestra y siniestra, y porque resuelve ―en apariencia sin esfuerzo, pero en realidad con un colosal gasto de energía― el sufrimiento cardinal del pensamiento humano: la incertidumbre, el esfuerzo sostenido, la duda prolongada, el riesgo de equivocarse en público. Cuando una máquina entrega en segundos un texto estructurado, una traducción no traidora, un análisis razonable o una idea en apariencia original, el cerebro humano tiende a elegir el camino del menor esfuerzo (humanos que somos, el menor esfuerzo es placer), pero las diversas IA gastan entre 3 y 5 watts por hora, por pregunta. Imaginemos a un millón de escolares preguntándole a su IA al mismo tiempo. Y de continuo, en casa y en la escuela.

Y así poco a poco los seres humanos vamos desentrenando la paciencia cognitiva, desandando la huella mnémica, olvidando la capacidad de sostener una línea de pensamiento durante horas sin recompensa inmediata (cosa harto difícil en los tiempos de Bauman), deshabilitando la capacidad de escribir tres renglones con coherencia, desarticulando la habilidad de tolerar la ambigüedad ―no digamos la incertidumbre de la que ha precavido Morin― sin pedirle a alguien (o a algo) que la resuelva por nosotros.

Este desplazamiento tiene consecuencias sutiles pero profundas. La primera es la infantilización progresiva de nuestra relación con el conocimiento: ya no necesitamos recordar casi nada, el teléfono de nuestra madre, ni siquiera la Tabla del uno, y menos el trayecto mental de premisas universales y particulares que nos lleva a un juicio o a una conclusión; preferimos el pre-juicio que, podrá ser alucinado, pero es más cómodo. Basta con preguntar, aunque no sepamos elaborar el famoso «prompt». La segunda es la pérdida de lo que podríamos llamar «textura subjetiva» del pensamiento: la inteligencia humana no es sólo precisión o velocidad; es también emociones, intuición, creatividad (la creatividad no es un asunto «random»), error personal, relaciones genuinas, cicatriz, sesgo confeso, humor negro, contradicción asumida, curiosidad, inspiración, sueños, ternura intelectual hacia una idea que sabemos inacabada porque estamos apenas empollándola y, sobre todo, ética. Todo eso la IA puede simularlo con creciente perfección, pero no lo vive; ella vive éticas ajenas, las de su entrenador. Y al acostumbrarnos a versiones pulidas y sin fricción de las ideas, empezamos a encontrar áspero, lento y hasta «defectuoso» el pensamiento humano real; y sí, hay defectos en el pensamiento humano, pero tiene lo que no la IA: pasión. A la IA «no se le pone la piel de gallina», dice Byung-Chul Han. 

Y por eso, la inteligencia artificial no piensa, menos entre líneas como diría su definición etimológica: calcula, recombina, predice y optima patrones a una escala y velocidad inhumanas, pero no lee entre líneas. Y esto es así porque carece de biografía, de cuerpo doliente, de noches de insomnio, de amores no correspondidos, de vergüenza, de nostalgia por un olor que ya no existe. Todos esos estados —que son el verdadero sustrato en el que germina el pensamiento humano más valioso— no pueden ser emulados por correlaciones estadísticas, por muy sofisticadas (y por tanto falsas) que sean. La máquina puede escribir un poema desgarrador sobre la muerte de un hijo, pero no puede padecer esa muerte ni llevar el luto en el alma el tiempo que sea necesario.

Por eso la reivindicación de la inteligencia humana no pasa por competir con la IA en rapidez, memoria o incluso creatividad aparente. Pasa por recuperar, con deliberada terquedad, aquello que ninguna máquina puede habitar: la condición finita, contradictoria y mortal desde la cual piensa el ser humano. Significa volver a darnos permiso de recordar a Descartes y dudar, de evocar a Bachelard y equivocarnos con estrépito (que el error juega la génesis positiva de descubrir la verdad), de contradecirnos con Heráclito, de aburrirnos con la idea de que «no es posible bañarse dos veces en el mismo río», de obsesionarnos con una idea hemos especulado durante meses, de enamorarnos de una pregunta sin respuesta. Significa defender el derecho a pensar mal, a pensar despacio, a pensar sin utilidad inmediata. Y a volver a pensar porque todo lo pensado siempre puede ser mejor pensado.

La inteligencia artificial será cada vez una más eficiente herramienta. Pero sólo seguirá siendo herramienta mientras recordemos que la chispa no está en la rapidez del resultado, sino en la imperfección del que pregunta, duda, sufre y —a pesar de todo— sigue buscando sentido. Ese movimiento irreductible, frágil y obstinado es, y seguirá siendo, en exclusiva, un movimiento humano. 

Mientras no lo olvidemos, la máquina podrá ser todo lo rápida y productiva que quieran los eficientistas… y aun así deberá seguir estando a nuestro servicio, no al revés. «Quiero que la inteligencia artificial lave la ropa y los platos así yo puedo escribir y hacer mi arte, no que la IA haga mi arte y mis escritos para que yo lave los platos y la ropa», dijo mi amiga Joanna Maciejewska.

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