
Herzel Nashiely García Márquez
Académica en la Facultad de Educación y Humanidades y Centro Anáhuac de Humanismo Mexicano; Universidad Anáhuac México.
Hay algo profundamente equivocado en la manera en que estamos leyendo la violencia juvenil en México. Cada vez que ocurre un hecho como el de Michoacán —un adolescente que asesina a dos profesoras y que, horas antes, publica mensajes vinculados a comunidades incel, contracción del inglés involuntary celibate, que en español se traduce como célibe involuntario—, la conversación pública se activa con rapidez, pero también con superficialidad. Se habla del individuo, del “caso”, de la anomalía. Y sin embargo, lo que tenemos enfrente no es una excepción: es un síntoma estructural.
Reducir estos hechos a un problema individual no solo es insuficiente, es peligroso, porque invisibiliza las condiciones que los hacen posibles. La violencia extrema en adolescentes no emerge en el vacío ni se explica por un solo factor. Es el resultado de una acumulación de fallas en distintos niveles: familiar, escolar, comunitario y, hoy de manera decisiva, digital. Pero hay un punto de partida que no podemos seguir evitando: el debilitamiento de los vínculos primarios, ¿qué condiciones hacen posible que un joven llegue ahí?
Aquí es donde la teoría del control social de Travis Hirschi resulta no solo vigente, sino urgente. Hirschi planteó hace décadas que la conducta desviada no es tanto producto de una “naturaleza criminal”, sino del debilitamiento de los lazos que vinculan al individuo con la sociedad: apego, compromiso, involucramiento y creencia (Hirschi, 1969). Cuando estos vínculos se erosionan, el individuo queda, en términos simples, sin anclaje. Eso es exactamente lo que estamos viendo. No estamos frente a adolescentes más violentos por esencia, sino frente a adolescentes más desvinculados.
El problema es que esa desvinculación no ocurre de manera abstracta: ocurre en contextos concretos, y en México esos contextos tienen nombre y datos: uno de cada cuatro niños crece sin padre en el hogar, y la gran mayoría de los hogares monoparentales están sostenidos por mujeres. Este dato, por sí solo, no debería leerse como una condena —porque la estructura familiar no determina el destino—, pero sí como una condición de riesgo que el sistema ha decidido normalizar sin generar los soportes necesarios (INEGI, 2020; Geller et al., 2012). La discusión entonces se torna más allá de lo moral; convendría centrarnos en lo estructural.
Cuando uno de los padres cría solo, no solo asume la responsabilidad afectiva, sino también la económica, la educativa y la de supervisión. La sobrecarga no es anecdótica ni se debe romantizar: implica menos tiempo, mayor estrés y menor capacidad de monitoreo efectivo. No porque no se quiera, sino porque no se puede, humanamente hay límites reales (Moral-Jiménez y Pelayo-Pérez, 2016). Y en ese vacío, lo que falta no es únicamente la figura del padre ausente, sino la presencia sostenida de un sistema de límites, acompañamiento y regulación.
Desde la perspectiva de Hirschi, lo que se debilita es el apego —la relación significativa con figuras adultas—, pero también el involucramiento —la ocupación del tiempo en actividades estructuradas— y la creencia —la internalización de normas sociales compartidas. Es decir, no se rompe un vínculo: se desarticula todo un sistema de contención (De la Rosa Rodríguez, 2022; Campoverde y Robayo, 2023).
A esto se suma un elemento que Hirschi no alcanzó a prever en su época, pero que hoy redefine el problema: el ecosistema digital.
Si antes la desvinculación dejaba al adolescente en un vacío, hoy ese vacío es rápidamente ocupado por agentes sin rostro ni nombre, sin una agenda transparente. Ese vacío no es atendido por la familia, ni por la escuela, sino por comunidades en línea que aparentemente ofrecen identidad, pertenencia y sentido. La cultura incel es un ejemplo particularmente inquietante porque muestra con claridad este mecanismo: jóvenes que experimentan frustración afectiva, confusión respecto a su etapa de vida y desarrollo, aislamiento o rechazo encuentran en estos espacios una narrativa que reorganiza su malestar, pero lo hace desplazándolo hacia el odio.
No se trata de jóvenes que “odian a las mujeres” de manera espontánea. Se trata de jóvenes que, ante la ausencia de vínculos significativos, encuentran en estas comunidades una forma de explicar su dolor y, más grave aún, una forma de validarlo colectivamente.
Ahí es donde el cuarto vínculo de Hirschi —la creencia— se reconfigura de manera radical. La norma social deja de ser la convivencia y se sustituye por una lógica de resentimiento legitimado. La violencia deja de ser impensable y empieza a ser justificable y se complejiza cuando, como sociedad, seguimos mirando hacia otro lado.
El problema no es que las familias hayan cambiado. Las familias siempre han cambiado. El problema es que el sistema no ha cambiado con ellas. Seguimos operando bajo un modelo que asume que la familia —en cualquiera de sus formas— puede sostener por sí sola procesos de socialización cada vez más complejos, en un entorno donde las demandas emocionales, económicas y digitales han crecido exponencialmente.
No hemos construido redes de apoyo suficientes. No hemos fortalecido la formación parental ni hemos integrado de manera seria la alfabetización digital crítica ni en la escuela ni en la familia. Y, sobre todo, hemos dejado que el algoritmo ocupe un lugar que nunca debió ocupar: el de mediador del sentido.
Frente a esto, insistir en soluciones simplistas —más vigilancia, más castigo, más control, más etiquetas y obviamente más rechazo— no solo es ineficaz, sino que puede agravar el problema y darles más volumen a esas voces anónimas pero ávidas de poder. La evidencia muestra que lo que protege no es el control coercitivo, sino la supervisión basada en vínculo, la comunicación abierta y la consistencia en los límites (Yang et al., 2024). Pero aquí aparece la pregunta incómoda: ¿cómo exigir esto a familias que están estructuralmente desbordadas? Ahí es donde nuestro enfoque debe cambiar.
No basta con decirle a los padres que “estén más presentes”. Es necesario construir condiciones para que puedan estarlo. Tampoco basta con pedir a las escuelas que detecten señales y apliquen protocolos. Es necesario formar y acompañar a los docentes. dotarlos de herramientas que realmente sean útiles en la realidad escolar cotidiana. No basta con alertar sobre los riesgos digitales.
Es necesario intervenir en los entornos donde esos riesgos se producen pues lo que estamos enfrentando no es un problema de adolescentes, es un problema de sistema. Un sistema social que ha fragmentado los vínculos sin reemplazarlos, que exige a las familias más de lo que pueden sostener. Debemos reflexionar sobre cómo socialización hoy ocurre en múltiples capas, muchas de ellas fuera del alcance adulto; debemos reconocer que la familia sigue siendo el primer y más importante espacio de contención. No por su forma, sino por su función. Cuando hay vínculo, supervisión, comunicación y límites, el riesgo disminuye significativamente; en cambio, cuando no los hay, el adolescente queda expuesto a buscar sentido donde sea que esté disponible y ese “donde sea” puede ser un foro que convierte la frustración en odio.
Si queremos evitar que estos hechos se repitan, necesitamos dejar de mirar únicamente el acto final y empezar a intervenir en las condiciones que lo hacen posible. Eso implica repensar la política educativa, la formación y acompañamiento parental enfocando la práctica en comunicación no violente y supervisión efectiva, la función de la escuela y, sobre todo, el lugar de la familia en un contexto profundamente transformado.
En mi experiencia práctica como educadora y psicóloga clínica, el vínculo más difícil de fortalecer suele ser el apego familiar, porque no depende solo del menor ni del profesional, sino de una dinámica de años. Sin embargo, cuando se logran pequeños avances en la comunicación y la supervisión, el impacto en los otros vínculos es muy grande y sobre todo el beneficio no es individual sino que alcanza a la comunidad. Es evidente, por lo tanto, que si queremos intervenir de manera real, necesitamos posicionar la conversación del terreno individual al estructural. Eso implica políticas de apoyo a la crianza, formación parental basada en evidencia, fortalecimiento de las redes comunitarias, integración de la alfabetización digital crítica en la escuela y, sobre todo, una revisión profunda del lugar que ocupa la familia en el entramado social contemporáneo, valorando la fortaleza personal que brinda un hogar, y a cada persona y relación con la que se construye y fortalece el tejido social.
Referencias
Hirschi, T. (1969). Causes of delinquency. University of California Press.
INEGI. (2020). Estadísticas de hogares en México.
Geller, A., et al. (2012). Beyond absenteeism. Demografía, 49(1), 49–76.
Moral-Jiménez, M. V., y Pelayo-Pérez, L. (2016). Revista Latinoamericana de Ciencias Sociales, 14(2).
De la Rosa Rodríguez, P. I. (2022). Intersticios Sociales, 23.
Campoverde, E., y Robayo, J. (2023). Universidad Técnica de Ambato.
Dishion, T. J., y McMahon, R. J. (1998). Clinical Child and Family Psychology Review.
Stattin, H., y Kerr, M. (2000). Desarrollo infantil, 71(4).
Yang, P., et al. (2024). Aplicación de la Ciencia del desarrollo.
Patterson, G. (1982). Coercive family process.
Webster-Stratton, C. (2011). Los años increíbles.

