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La reunión de verbos en cuarentena

por Pluma invitada
13 enero, 2026
en Opinión
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Ilustración editorial sobre el debate en torno a los neologismos y anglicismos en la lengua española y su aceptación académica.
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Jorge Gastelúm
Jorge Gastelúm

En un rincón del diccionario, donde la Real Academia Española —en colaboración con las veintitrés instituciones de la Asociación de Academias de la Lengua Española (ASALE)— guarda a los inadmisibles, había una sala de aislamiento lingüístico. Allí, confinados y en estricta cuarentena, se reunían los verbos bárbaros: aquellos nacidos de anglicismos innecesarios, neologismos burocráticos, tecnicismos invasores y jerga de última moda que la Fundéu y la RAE miraban con recelo.

Según los criterios académicos para admitir un neologismo en el Diccionario de la lengua española (DLE), una palabra sólo se incorpora si cumple tres condiciones: debe llenar un vacío real en el idioma (es decir, en verdad ser necesaria, sin equivalente preciso ya existente), haber alcanzado un uso amplio, extendido y asentado entre los hablantes de todo el ámbito hispánico, y contar con el consenso mayoritario de las academias que velan por la unidad del español. Sólo entonces deja de ser un intruso y pasa a formar parte del repertorio oficial.

Un día, el jefe de la guardia, el verbo abrir, asomó la cabeza por la puerta:

—Oigan, ¿qué hacen ahí dentro? ¡Ustedes deberían estar en cuarentena eterna!

Desde el fondo, aperturar levantó la voz con tono pomposo:

—Nosotros aperturamos el debate. Yo aperturé esta reunión para ofertar nuevas oportunidades de expresión.

Ofertar, ajustándose la corbata comercial, añadió:

—Exacto. Yo oferto mis servicios: en lugar de un simple «ofrecer», yo oferto productos con más estilo ejecutivo. ¡Soy necesario, innovador y aceptado por millones!

Accesar, tecleando en un teclado imaginario, intervino:

—Y yo «accedo»… perdón, permito «accesar» al sistema. ¿Por qué usar «acceder» si puedo «accesar» datos con un toque más informático? ¡Mi uso es masivo en oficinas y manuales tecnócratas!

De pronto, un grito desde la esquina: «deletear» borraba con furia un archivo invisible.

—¡Yo «deleteo» todo lo viejo! ¡Borro, elimino, suprimo… pero «deletear» suena más pro! ¡Sin mí, la tecnología no avanzaría!

«Resetear» pulsó un botón rojo:

—Totalmente. Si algo falla, yo «reseteo» el idioma entero. Un buen «reset» y volvemos a empezar. ¡Soy indispensable en cualquier dispositivo!

«Clickear» hizo clic con los dedos:

—¡Clic! Yo «clickeo» en «aceptar» para unirnos al diccionario oficial. ¡Todos los usuarios me usan a diario!

«Loguear» asintió, iniciando sesión:

—Yo me «logueo» primero. Usuario: barbarismo. Contraseña: anglicismo123. ¡En apps y webs soy el rey!

«Printiar» sacó una hoja en blanco:

—Y yo «printeo» las actas de esta reunión para que quede registro. ¡Imprimir es tan… analógico!

«Escanear» pasó un rayo de luz sobre todos:

—Escaneado completo. Detecto virus puristas acercándose.

De repente, «recepcionar» entró con un paquete:

—«Recepcioné» una queja de la RAE. Dicen que somos innecesarios, que ya existen «recibir», «abrir», «ofrecer», «acceder» y tantos otros equivalentes perfectos.

«Posicionar» se colocó en el centro:

—Yo me «posiciono» como líder. «Posicionemos» nuestra marca en el mercado lingüístico. ¡Somos modernos y globales!

La sala estalló en caos. «Visionar» proyectaba imágenes futuras:

—«Visiono» un futuro donde todos nos aceptan, porque el uso masivo nos legitimará y las academias cederán.

Pero «abrir», desde fuera, cerró la puerta con fuerza y, con voz firme, leyó el veredicto académico:

—Ni lo sueñen. El primer criterio es que no existan ya en español formas equivalentes y precisas: ustedes son redundantes. El segundo, que el uso que les den los hablantes sea amplio y asentado en todo el mundo hispánico: lo intentan, pero aún luchan contra alternativas naturales. Y el tercero, que sean de verdad necesarios para expresar algo nuevo: no lo son, solo pretenden sonar más técnicos o extranjeros. Mientras no cumplan estos requisitos —y el consenso panhispánico lo confirme—, siguen en cuarentena. ¡Y punto!

Y así, los verbos bárbaros permanecieron aislados, soñando con el día en que la lengua, según ellos, «desarrolle»… o al menos, les dé un indulto parcial. Pero la RAE y las academias, guardianas de la unidad y la riqueza del español, seguían vigilantes.

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