¿Qué sigue?

Aunado a la crisis educativa, sanitaria y económica, acentuadas por malas decisiones de política, hay otro problema con el gobierno de la Cuarta Transformación: su defectuosa comprensión de lo que significa ser individuo. En aras de combatir la corrupción –algo vital y necesario– y promover su particular proyecto político, representantes del actual gobierno federal han castigado a individuos de lo que ideológicamente juzgan inapropiado.

Me refiero al hecho de cancelar los estímulos económicos del Sistema Nacional de Investigadores (SNI) a los colegas que trabajan en las diversas universidades privadas del país. ¿Qué hay detrás de esta irrazonable medida? Ideología pura. No es ahorro.

Ya Roberto Rodríguez ha documentado que del total del presupuesto del SNI (20 mil mdp), sólo cinco por ciento corresponde al pago de los investigadores en las particulares (Campus Milenio, 29/10/20). Como sabemos, el SNI surgió en la década “perdida” de los 80 para compensar los salarios de los profesores universitarios que hacen investigación, forman personas altamente calificadas, y divulgan su trabajo científico a escala nacional e internacional.

Para recibirlo, uno expone su historia académica ante pares que siguen criterios de evaluación previamente conocidos. La “distinción” que se obtiene en el SNI — pese a sus limitaciones— muestra una labor docente y de investigación continua, mientras que trabajar en tal o cual universidad es algo contingente (puede o no suceder). Por tanto, recibir el estímulo económico del SNI no es un “privilegio”, sino un mérito relativo de la o el investigador, más allá de si consiguió empleo en el sector público o en alguna institución particular. Otra supresión de la individualidad por parte de los actuales servidores públicos, la presenciamos por televisión.

Siguiendo el “compromiso del señor presidente de la República” de cancelar los fideicomisos, la directora del Consejo Nacional de Ciencias y Tecnología (Conacyt), María Elena Álvarez-Buylla, justificó el deseo de su jefe sugiriendo que una investigadora (Ana Díaz) había ocupado puestos, en el sexenio anterior, por ser la esposa de un ex director del Conacyt. Además, dijo, se había hecho mal uso de los recursos públicos.

Peniley Ramírez, periodista de EL UNIVERSAL, se dio a la tarea de indagar si lo que decía la directora del Conacyt sobre la malversación de fondos era verdad y resultó que no. No estaba “informada”, remata la periodista, además: “Ana no es un addéndum, ni un apéndice. No piensa por medio de otro […], no es solo ‘la esposa de’ alguien” (23/10/20). Tergiversar y reducir la identidad individual a ser cónyuge habla mal de alguien que quiere dirigir la política científica del país. ¿O acaso ya todo se justica en pos de la Cuarta Transformación? ¿Qué sigue? ¿Mayor supresión de la individualidad en aras de alcanzar —ilusa y fijamente— un objetivo histórico?

Este gobierno ya perdió de vista la distinción entre la esfera individual y sus particulares creencias ideológicas. Esto es muy peligroso. Se aleja cada vez más de ser un gobierno humanista.

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