¿Cómo se cultiva la mente de un Nobel?

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A mis maestras y maestros

“Mi primaria era divertida de una manera que nunca imaginé que una escuela lo fuera. Había mucha libertad de decidir qué hacer, compañeros intelectualmente curiosos con quien conversar, maestros amigables a los cuales te podías acercar y preguntarles cosas no relacionadas con el currículum y lo más importante, había poca disciplina obligatoria y una ausencia total de castigo corporal”.

Amartya Sen (Nobel en Economía, 1998) era un niño de ocho años cuando fue a la “escuela sin muros” de Santiniketan, un pueblito rural de la región de Bengala, India. Aparte de mostrar que los niños de un país pobre pueden recibir una educación de calidad cuando hay un pensamiento filosófico e innovación pedagógica detrás, el profesor Sen, de ahora casi 90 años, recuerda con profunda nitidez una serie de experiencias académicas e intelectuales que vale la pena revisar en su libro “Habitar el mundo: Memorias” (Home in the world: A memoir. Allen Lane, 2021).

Sen, confiesa, que fue malo para el canto, fracasó como fildero de criquet y menos la hizo en el entrenamiento militar. Pero era un niño curioso y observador, que se formó en una escuela que no hacía exámenes con frecuencia y que cuando los hacía, poca atención ponía en los resultados. Para los estándares clásicos, su escuela no podía competir con los “mejores” establecimientos de Calcuta o Daca, aunque los cursos podían fácilmente moverse de temas sobre la antigua tradición literaria de la India a la contemporánea, abordar el pensamiento occidental y entonces, pasar a contenidos relacionados con China, Japón, África o América Latina. Había una “celebración por la diversidad”, recuerda Sen, en ese espacio escolar “experimental” que fue fundado por Rabindranath Tagore, el poeta que ganó el premio Nobel de Literatura en 1913 y que además, fue un firme crítico del nacionalismo.

La libertad para razonar es un tema recurrentemente mencionado —y muy valorado— por Sen en sus memorias. Congruente con ello, dice tenerle miedo al “conformismo” para pensar. De ahí que Sen, como intelectual público, no dude en criticar lo que le parece erróneo, independientemente de quién o de qué tema se trate. Critica, por ejemplo, la posición de Mahatma Ghandi de rechazar los avances de la ciencia y pone en tela de juicio el acercamiento —algo romántico— que tuvo el líder político con el pobre a través del trabajo manual.

Habiendo participado en asociaciones de izquierda, Sen no dejó pasarle a este lado de la geometría política su estrechez y limitaciones. Si bien la izquierda posee una “alta moral, posturas éticas, compromiso social, dedicación política y compromiso con la equidad”, era preocupante que rechazara las condiciones democráticas que permitieran el libre ejercicio de la pluralidad o que considerara a la tolerancia política como un signo de “debilidad”.

Las propuestas de alta sofisticación teórica —como es el campo de la “elección social” donde Sen es una figura central—, no necesariamente deben estar desligadas de la realidad. La sensibilidad intelectual, la crítica pública y el pensamiento imaginativo y realista de Sen, así como su “magistral prosa, erudición y sentido del humor”, lo colocan como uno de los pocos intelectuales del mundo que son confiables para darle sentido a nuestra confusión existencial”. ¿Será cierta o exagerada esta observación de Nadine Gordimer, Nobel de Literatura 1991? Leamos el libro y descubrámoslo.
Investigador de la Universidad Autónoma de Querétaro (FCPyS).

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