El día que regresé al kinder

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El lunes, establecieron las reglas para llevarse bien y respetar a los demás: saludar, pedir permiso cuando quisieran pasar, dar las gracias… cuestiones así, sencillas, acordadas en la Asamblea del salón. Con cuatro años de edad. La educadora las anotó y, cada día, al final de la jornada, daban cuenta personal de su observancia. Yo no más tres; a mí me tocó no hacer bien la cinco; creo que no me falló ninguna, ah sí: le di un empujón a Jaime.

Por cada norma de convivencia respetada, la maestra les entregaba una cha que guardaban en un monedero traído de casa. El viernes estaba en el salón, observando, con la esperanza de confundirme con el garrafón del agua. La profesora y las practicantes de la normal, durante el recreo, pusieron en una mesa un conjunto de objetos que había en el salón: algún peluche, una revolvedora, la canasta con los cubos de madera coloreados, cajas de crayolas, dos lápices… cuestiones así, sencillas.

A cada una le pegaron un cartón con un número. Al regresar, les pidieron hacer dos las frente a la mesa. La maestra explicó: cada quien va a tomar su monedero, contar las chas que tiene, y hacer de cuenta que la mesa es una tienda. Los números es lo que cada cosa vale en chas. Hay que contar bien para que el número de chas que tengan alcance justo para lo que quisieran comprar. No hay cambio, y si no le cuentan bien, si les sobra o les falta, no lo van a poder comprar.

Un abridero de monederos, cuchicheos haciendo las sumas y asomarse a la mesa para cotejar, varias veces, lo que tenían, lo que querían y si les alcanzaba. En la la que me quedaba más cerca, un niño estaba triste. Se notaba. La compañera de atrás le dijo algo, a lo que respondió señalando un objeto y las chas de su monedero. No le alcanzaba. Sin alarde alguno, la niña le entregó unas de sus “monedas” para que acabalara el precio. Sonrío él, le habrá dicho gracias, y la pequeña le hizo un gesto precioso de “no hay de qué”. Respetar las normas. Ser sinceros. Dejar en el salón los monederos sin miedo a que alguien tomara las de otro. Contar bien las chas, que fueran exactas para adquirir lo que querían o les alcanzaba. Y un inadvertido acto de generosidad esplendoroso.

En otro salón, me di cuenta que, de repente, un niño dejaba de hacer lo que hacía, tomaba rumbo a la puerta y se salía. Entonces dos del grupo se salían también y no lo detenían. Es más, no le hablaban. Desde la ventana vi cómo lo acompañaron un rato, parados, como él, de frente a la pared del jardín, y luego, quién sabe cómo sabían, empezaban a caminar de regreso al salón, y él los seguía, tranquilo. Maestra, pregunté, ¿qué pasa con ese niño y los que salen?

A sus papás les dijo un médico que era autista. Yo miro que es diferente, no más. Y cada semana, un par se turnan y lo acompañan. Regresan cuando quiere volver con ellos: sin atajarlo, ni decirle que se detenga o regrese ya. Un niño me diferenció del garrafón cuando iba al salón de artes: oiga señor, ¿quiere ver mi cuadro? En pequeños caballetes estaban sus obras. Me tomó la mano y dijo: esa es la mía. Me agaché para verla bien. ¿Esto es una puerta? No, qué va. Fíjese bien. No supe. Pues es un arcoíris. Pero es morado, dije. Y qué, ¿a poco no ha visto un arcoíris morado? El jardín de niños se llama Cri Crí. Está en Orizaba. Sus maestras me invitaron a pasar un día en él, para que supiera. Y me ayudaron a ver: una reforma educativa que valga la pena tendría que generar, en cada escuela, un espacio para aprender, ser solidario, acompañar al distinto y dibujar sin miedo.

Tal vez nuestra educación iba bien, hasta que nos prohibieron los arcoíris morados, ir con alguien en silencio a su pared, y compartir las fichas. Quizá.

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Sobre Manuel Gil Antón

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