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Carta a la CNTE

Estas líneas están dirigidas a los profesores Francisco Nicolás Bravo, Rubén Núñez Ginez, José Hilario Ruiz Estrada, Juan José Ortega Madrigal y demás líderes e integrantes de la Coordinadora Nacional de Trabajadores de la Educación y Organizaciones Democráticas (CNTE).

Con ánimo de respeto, y solicitud de trato recíproco, me atrevo a compartir las reflexiones que la movilización emprendida durante los últimos días ha despertado en mi persona. No busco falsificar coincidencias, ni aspiro a la empatía simétrica. Me inspira la convicción de que todo desencuentro humano puede derivar en resultados virtuosos si se construyen puentes razonables para la conversación.

Al dirigirme a ustedes asumo que el intercambio es con los herederos de una organización cuyo origen y participación política merecen reconocimiento. Contra lo que cierta opinión pública, el gobierno, el liderazgo autoritario del SNTE y las voces más conservadoras insisten, la memoria me impide olvidar aquellas razones que dieron nacimiento a la Coordinadora y también las causas que le han otorgado por más de tres décadas sustancia y rumbo.

Aquella organización nacida el 18 de diciembre de 1979 en Tuxtla Gutiérrez tomó como principal bandera la democratización del país y de la vida sindical. La generación previa a ustedes luchó sin quebraduras contra el carácter autoritario del sistema político y de una cúpula que, en México, expropió la representación magisterial.

Su grito en contra de la negación sistemática de los derechos de los maestros quiso acallarse con violencia, exclusión, chantaje y cooptaciones. El nombre de Misael Núñez Acosta es uno muy digno entre muchas decenas de muertos y desaparecidos; militantes de la CNTE a quienes el régimen al que pertenecieron Carlos Jonguitud y Elba Esther Gordillo impuso miserias inenarrables.

Aún así, la Coordinadora supo mantener una extenuante lucha contra el charrismo sindical, entendido como “una forma de control y dominación dentro de los sindicatos,” que sigue hoy tan vigente como hace 34 años.

Fue la Coordinadora quién en 1989 logró destronar a Vanguardia Revolucionaria y su principal cabeza. Y sin embargo, no vino tras la gran movilización de aquella primavera la democracia sindical exigida. Desde las alturas de la política mexicana se impuso a Elba Esther Gordillo, (quien hubiese sido señalada por atentar contra la vida de Núñez Acosta) para que fuera ella la encargada de continuar con las persecuciones, la exclusión, el autoritarismo, la corrupción y la violencia.

Hoy que esa líder del magisterio ha dejado el Olimpo de los intocables, toca a ustedes, la siguiente generación en el liderazgo de la CNTE, decidir cuánto de la herencia y memoria de esta organización sirve hoy para alcanzar el triunfo de las causas. Sobra decir que, a mayor distancia con los modos y contenidos del charrismo, mejor sinceridad habrá en los propósitos que ustedes promuevan.

Acaso por esta razón fundamental, me resulta inaceptable el secuestro que la CNTE hizo, no de las calles y avenidas de la ciudad capital, sino del recinto que significa —por acuerdo entre las y los mexicanos (e independientemente de quienes lo integran)— el espacio privilegiado para la deliberación democrática. Lo saben bien por historia propia: nada hay más autoritario que asesinar la discusión plural de las razones y los argumentos.

En contraste, comparto con ustedes la exigencia por ubicar a la evaluación, no como fin en sí mismo, sino como herramienta del avance educativo. Coincido en que la iniciativa de Ley General del Servicio Profesional Docente, presentada por el Ejecutivo, es inadecuada por razones que en este espacio he expresado varias veces. Creo que el tema principal de esta ley no debe ser la incierta y manipulable evaluación, sino una carrera profesional que a la vez asegure estabilidad y mejora integral en el oficio docente.

Al mismo tiempo, estoy convencido de que el desafío colocado hoy en sus manos va más allá de un recio rechazo a esta iniciativa de ley. Profesores Bravo, Núñez Ginez, Ruíz Estrada, Ortega Madrigal y demás participantes de la CNTE, está en sus manos impulsar que los maestros mexicanos sean reconocidos por méritos propios y por el desempeño de su carrera dentro del magisterio. Para hacerlo se requiere desterrar la corrupción y la manipulación que hasta hoy han lastimado la práctica docente, inclusive dentro de las propias filas de la Coordinadora.

También sería deseable que la democratización del gremio al que pertenecen volviera a ser su causa primera. Con el regreso de aquella bandera resurgiría la empatía social que la CNTE obtuvo antes por parte de la mayoría de los maestros y de muchas otras conciencias de la sociedad.

A ustedes corresponde decidir si reaccionarán a 34 años de violencia, exclusión y extorsiones con idéntica moneda, o harán que el aporte fundacional de la CNTE gane de una vez por todas el lugar que se merece.

 

Analista político 

 

Publicado en El Universal

 

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