La formación inicial de profesores para la educación básica en el sistema de educación normal: reto para la cuarta transformación

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Cuando se plantea una reforma es necesario discutir sobre los fines últimos de la educación y lo que se pretende conseguir con ella (Juan Delval).

Delfino Teutli Colorado*

La transición de la que estamos siendo testigos y actores, no es cualquier fenómeno sociopolítico; se trata de un hecho relevante, históricamente, que implica la toma de distancia y rupturas con el antiguo régimen. De allí que entrañe cambio de paradigmas en varios rubros de la vida nacional, destacando por supuesto el de la educación pública. En tanto facultad  del Estado, éste orienta el sentido de la educación de acuerdo con los principios e ideales que entraña su política pública; de allí que, se espera, que el gobierno federal electo impulse una educación pública con enfoque pedagógico, social y filosófico, cuyos fines sean la formación cualitativa de ciudadanos íntegros, conscientes, analíticos, críticos, creativos, productivos, patriotas, humanistas, solidarios y con el perfil ideal que establece el espíritu del artículo tercero constitucional.

Educar para el bienestar y para la vida teniendo como divisa que el interés central son los niños y los jóvenes de México, significa que una tarea inmediata, además de la reforma constitucional y de las leyes secundarias correspondientes, es el diseño de planes y programas de estudio, así como los respectivos materiales de apoyo, con una orientación y enfoque teórico, incluso ideológico, acorde a la política de estado que abandera el nuevo gobierno. La educación, con su enfoque actual, se ocupó más de instruir con contenidos estandarizados orientados al logro de mayor ranking en las evaluaciones internacionales que por formar integralmente a los educandos. Por eso, sin mucha retórica, ese modelo de educación con acento neoliberal debe reorientarse hacia una educación creativa, activa, liberadora, formativa y con pensamiento progresista y transformador. La sentencia es clara: no habrá cuarta transformación de la república, sin una mejor educación pública y sin una revisión cuidadosa de la formación inicial de profesores en las escuelas normales. Se vislumbran tiempos de virar hacia otros horizontes pedagógicos; reivindicar la pedagogía progresista, activa y liberadora; recurrir a los pensadores de la educación mexicana, latinoamericana y universal, que se han preocupado por humanizar a otros desde el servicio docente. Y en esta lógica, el nuevo régimen no debe soslayar el papel histórico que juegan y han jugado las Escuelas Normales en la educación del pueblo mexicano.

Ha quedado claro que la reforma educativa tan cuestionada, fue una declaración de guerra al magisterio y una estrategia de debilitar la educación pública y el normalismo en un escenario de lucha de clases desigual porque todo el aparato mediático estuvo al servicio de los intereses mercantiles y conservadores. 

Es obvio que los fines y propósitos cualitativos de la educación básica se alcanzarán sí, y sólo si los profesores son formados inicial y permanentemente bajo una perspectiva que combine lo mejor de la tradición pedagógica mexicana con las nuevas corrientes de pensamiento sociopedágógico con bases científicas y humanísticas. ¿Qué tipo de ciudadano aspira a formar la escuela básica?, y por tanto, ¿Qué tipo de docente debe formarse en las escuelas normales?

El embate a las escuelas normales y la apertura del ejercicio de la docencia, por la vía de la aprobación de un examen, a egresados de otras profesiones tuvo fondo político y económico; representó un intento más de desacreditar a las escuelas normales y de apurar su desaparición como casas históricas de formación de docentes creadas por el Estado.

De lo que se trata ahora, es de revertir esa situación de postración del normalismo y reivindicarlo para ponerlo al servicio de la transformación educativa y del mejoramiento social.

En su devenir histórico, las escuelas normales han vivido procesos de adaptación y cambio, afrontando, casi en sobrevivencia, problemas y limitaciones  que las han debilitado; sin embargo, han conservado sus rasgos identitarios que, en la tarea de formar profesionales especializados para la educación básica, las distingue de otras instituciones de educación superior. Y no es que se trate de un monopolio en la formación de profesores como se ha acusado, sino que sus fundamentos de carácter filosófico, pedagógico, sociológico, psicológico, histórico y humanista, influyeron para que la propia Secretaría de Educación Pública reconociera, en su momento, que “ningún otro tipo de institución podría realizar con mayor eficacia la tarea de formar a los nuevos maestros”.

 

Sin embargo, apenas en este último año del régimen promotor de una reforma educativa rechazada por el magisterio, las escuelas normales vuelven a sufrir la imposición de otra reforma curricular apresurada y con una perspectiva instrumental, pragmática y utilitaria en demérito de una formación intelectual.

Ante eso, se impone el reto de reconstruir el modelo pedagógico de las escuelas normales pero sin soslayar los objetivos que les dieron origen. Rescatar, refundar y fortalecer al normalismo, es una tarea urgente si se aspira a una verdadera transformación educativa. De la mano de esa reforma, las escuelas normales están emplazadas también a una revisión autocrítica de su desempeño como instituciones de educación superior; a una reconstrucción de su identidad; a disponerse al abandono de rutinas, rituales, usos y costumbres, y a asumir nuevas formas de gestión, otra cultura docente y estudiantil y mantener congruencia entre discurso y acción.

El normalismo, consecuente con su origen y con la salvaguarda del tipo de educación para la que fue creado, tiene también que responder con urgencia y de manera atingente a los desafíos que imponen las exigencias de la vida y la sociedad, así como a los cambios científicos y a los problemas emergentes en su conjunto.

“La educación es, hoy más que nunca,

la más avanzada tarea social liberadora”

(Hugo Assman).

En razón de lo anterior, y considerando que se hará historia en tanto se transforme el sistema normalista de formación de profesores, se proponen aquí algunos ejes o líneas generales para contribuir al diseño curricular correspondiente:

  • El modelo de formación de docentes para la escuela básica en las escuelas normales debe partir del establecimiento de los rasgos del perfil acordes con el tipo de ciudadano y de sociedad a que se aspira con la cuarta transformación de la República, forjando el pensamiento, el rostro y el corazón del maestro  que México necesita.
  • Los campos de formación del perfil deseable invariablemente deben contemplar el desarrollo de habilidades intelectuales y de pensamiento crítico, el dominio disciplinario y científico, la asunción de una postura filosófica, la construcción de la Identidad profesional y el fortalecimiento de la conciencia social.
  • De los padres fundadores, recuperar la sensibilidad de Altamirano, lo pedagógico libertario de Enrique C. Rébsamen, lo científico y la solidez teórica de Manuel R. Gutiérrez y el compromiso social de Rafael Ramírez.
  • Priorizar la enseñanza de las lenguas originarias según el contexto.
  • Impulsar la práctica reflexiva y la investigación acción.
  • Revalorar el estudio de la Antropología, la Sociología de la educación, la Psicología, la Ética y la educación para la democracia.
  • Incorporar las corrientes pedagógicas progresistas y transformadoras.
  • Atender el dominio y uso de las tecnologías de la información y comunicación, así como del inglés.
  • Recuperar la enseñanza de los oficios a través de talleres y de las prácticas agropecuarias.
  • Dar espacio suficiente a la formación didáctica fortaleciendo el espíritu docentista de la profesión.
  • Atender la formación pedagógica destinada a escuelas multigrado.
  • Incorporar la historia de la profesión docente.
  • Formar con base en el acercamiento, la observación y la práctica docente en escuelas y contextos reales.
  • Incorporar la educación para la salud.
  • Fortalecer el sentido humanista, social, reflexivo, crítico y creativo de la profesión.
  • Adoptar la perspectiva de comprehensión de la docencia y de la formación como praxis (sujetos, acción, transformación).
  • Promover un ideario y/o código ético del docente normalista.
  • Forjar docentes que asuman y promuevan la cuarta transformación.
  • Diseñar un curriculum básico nacional y otro que atienda las necesidades específicas de cada entidad federativa garantizando autonomía curricular.
  • Formar docentes con fundamento en la praxis para la imprevisibilidad, para la impredecibilidad y para la incertidumbre.

* Ponencia presentada en el Foro de Consulta Estatal Participativa. Veracruz. Educación para el bienestar. Por un Acuerdo Nacional   sobre la Educación. Boca del Río, Veracruz, 11 de septiembre de 2018.

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