¿Qué hay de nuevo en el nuevo modelo?

                 
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Imagen: internet

El eje central del discurso de ayer en Palacio Nacional superó, con creces, el reiterado lema de “mover a México”. En materia de educación, el modelo 2016 va más allá: se propone una revolución educativa. La Reforma se transforma en Revolución.

Y se le considera, además de necesaria, inédita en la historia de México, pues modifica al viejo modelo que data de casi un siglo. ¿En realidad no se ha modificado el proyecto educativo nacional desde Vasconcelos, o desde el establecido por Torres Bodet en 1959? ¿Será tan innovador lo que se propone? ¿Es una transformación del calado que sus promotores celebran y aplauden?

Hace 35 años, nada más, el presidente De la Madrid anunció que llevaría a cabo exactamente lo mismo: una revolución educativa. El secretario de educación, Jesús Reyes Heroles, expresó: “Reiteramos la necesidad de revolucionar la educación. Esto entraña defender y armar nuestros valores fundamentales, superar o desechar hábitos administrativos viciosos, prescindir de lo obsoleto, aplicar racional eutanasia a lo que está incurablemente enfermo, combatir el analfabetismo y democratizar la enseñanza para llegar a sustentar en ella, en buena medida, la renovación moral de la sociedad”. En otra ocasión, el secretario expuso que se trataba, en efecto, de una revolución, pues, “quiere eliminar la hipertrofia y macrocefalia que impera en la educación: la separación escuela-hogar; la no participación de la comunidad educativa en la enseñanza; el alejamiento del centro que toma las decisiones de los lugares en que se aplican; la reducción de la sustancia ética de la educación.

Quiere que se eduque la voluntad, el carácter, que se enseñe a pensar por cuenta propia.” Usando otros términos, lo que se armó ayer coincide, y no poco. A su vez, ¿resulta original la necesidad de transitar de atender la cobertura (cantidad) para centrarse ahora en la calidad? ¿Es revolucionario, o ya un lugar común, señalar que el objetivo es que se aprenda a aprender? ¿Se inaugura algo al señalar que es preciso ofrecer educación para la libertad, la creatividad y el pensamiento crítico?

Hace muchos años esto se ha expresado, y distintos gobiernos sostuvieron que con base en estos principios renovarían la educación en el país. Por otra parte, resulta paradójico que los maestros, hasta hace unos cuantos días reducidos a objetos a evaluar por estar bajo sospecha, ahora sean, de repente y por la gracia del poder, “concebidos como profesionales de la educación capaces de aterrizar el currículo de manera creativa en el aula, de acuerdo a su contexto específico”.

Los expertos en asuntos curriculares, y en la relación entre los actores y elementos del proceso que conduce a aprender, estudiarán los documentos entregados. Nos darán su parecer. Mientras tanto, una pregunta ineludible surge cuando termina el caudal de elogios que se receta el poder en el glamour del Palacio: ¿cómo se transita no de una mala reforma a la inasible revolución, sino de una serie de postulados inobjetables, ya bastante añejos, a la modificación, a ras del aula, de la experiencia educativa para enriquecerla? Del dicho al hecho, el gran trecho requiere la voz de los que ahí trabajan, para que el cambio no quede en propaganda.

No hay que “consultarlos” desde arriba y a modo: hay que dejarlos hablar. Ya.

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Sobre Manuel Gil Antón

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