Evaluación, producción de conocimiento y campo científico: ¿una crisis de legitimidad?

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Sylvie Didou Aupetit*

El Instituto Mora fue anfitrión, el 26 y 27 de noviembre de 2019, de  una reunión regional sobre Evaluación de la ciencia convocada por el Foro Latinoamericano sobre Evaluación Científica (FOLEC), una iniciativa conjunta del Consejo Latino-americano de Ciencias Sociales (CLACSO) y del Consejo Nacional de Ciencia y Tecnología (Conacyt) en México. Me tocó comentar la mesa 1 “Hacia una evaluación integral de la evaluación científica: desafíos globales y propuestas regionales. El dialogo de saberes”. Participaron en ella Fernanda Beigel (Argentina), Renato Dagnino (Brasil), Diana Guillen (México), Pablo Kreimer (Argentina) e Ismael Rafols (España). Estuvo coordinada por Daniela Perrotta (CLACSO).

Los interventores compartieron una posición de partida: la evaluación es un constructo político. En América Latina, más que una  herramienta para atribuir diferencialmente capitales de prestigio intelectual, sirvió para transformar los modelos de conducción de los sistemas de educación superior, fundamentándolos en la comparabilidad y la demostración de resultados. Justificó la adopción transnacional de mecanismos de planeación, gobernanza y financiamiento y una estandarización de los referentes básicos de la ciencia regional sobre los criterios predominantes en los epicentros mundiales, ubicados en los países desarrollados. Implicó por ende cambios organizacionales y epistemológicos en los comportamientos institucionales e individuales.

El difusionismo rápido de la evaluación y la adopción acrítica de esquemas validados en otras latitudes acentuaron la subalternidad de la producción científica generada en espacios nacionales clasificados como periféricos. Aunque, en los pasados años, los dispositivos de evaluación en varios países de la región (Argentina, Colombia, Uruguay) buscaron dar cabida a funciones socialmente relevantes de la investigación universitaria  y reconocer los circuitos locales de producción, principalmente en ciencias sociales, promovieron centralmente una perspectiva universalista de la ciencia latinoamericana, situándola en un mundo globalizado, estructurado jerárquicamente en polos dominantes y espacios supeditados. 

Los ponentes destacaron, como efectos perversos de esa geopolítica del conocimiento, el aplanamiento de las distinciones entre regímenes disciplinarios y tipos de establecimientos,  la imposición de esquemas sesgados para medir la calidad (fundamentados en las citas a artículos publicados en revistas indexadas), la estandarización de los formatos de comunicación científica y el ocultamiento de tareas importantes en el quehacer de las instituciones y de sus actores. Discutieron un concepto, polisémico y polémico, en la región, el de relevancia, en cuando a aplicabilidad de los conocimientos,  contribución al bienestar social, impulso al desarrollo económico y, en las ciencias sociales, a fortalecimiento de las capacidades de comprensión y análisis de los fenómenos políticos que afectan las sociedades actuales.

Después de oír sus aportes, me convencí de que urge reactivar un debate sobre la evaluación, haciendo énfasis en sus múltiples dimensiones. Los tópicos que propongo incorporar en una hoja de ruta que oriente dicho debate no son los únicos a considerar pero son imposibles de evitar, aunque sean a veces incómodos.

El primero concierne los equilibrios de poder en la academia. La hipertrofia de la evaluación ha sido acompañada por una hipertrofia paralela de las burocracias a cargo de ejecutar un modelo hetero-gestivo de administración de la ciencia y de sus actores.  Su desmedido empoderamiento produjo un debilitamiento de las capacidades de auto-organización de los investigadores para la defensa de sus valores éticos y de sus roles y responsabilidades. Urge “re-academizar” el ámbito universitario y corregir las desviaciones derivadas de procedimientos de rendición de cuentas, ajenos a las lógicas más elementales de producción de conocimientos. Cómo lograrlo, ante los intereses cristalizados, es una tarea ardua.

El segundo versa sobre la temporalidad de la evaluación: ¿Cada cuándo y para qué evaluar? Se contraponen una tendencia a cierto “barroquismo evaluativo” (evaluar todo y en todo momento) y una de racionalización orientada a la definición de los mínimos exigibles para pertenecer a cada comunidad epistémica. 

El tercero  es el de los armazones a construir para aminorar las desigualdades en el prestigio y la circulación de los conocimientos, producidos en español. Varios países en América Latina abrieron agencias especializadas en la Cooperación Sur-Sur como una respuesta a esa necesidad. Pero les queda mucho camino por recorrer para consolidar una cooperación solidaria en español, mediante programas suficientes y sostenibles de financiamiento, evaluación, profesionalización, redes  y becas. Los marcos vigentes de acción pública confortan las asimetrías Sur-Norte y los mecanismos de evaluación jerarquizan las colaboraciones internacionales, conforme con su localización. 

Un cuarto tópico a discutir es el de las experiencias contra-hegemónicas a los indicadores.  Para validar esas experiencias como soportes de políticas públicas, habrá que analizar sus ámbitos de incidencia, los colectivos  que las apoyan y los dispositivos que permiten operarlas. La apertura de espacios deliberativos, el diseño de repositorios para una indexación en español y la incorporación de portadores/transmisores de saberes autóctonos a programas científicos han sido estrategias socorridas para avanzar en esa dirección. Pero, sólo serán eficaces esas medidas si se transita de una era de la sospecha a una de rescate de la confianza y si se deja atrás las suspicacias y  descalificaciones que arreciaron en tiempos recientes. 

Muchos interrogantes han surgido del Encuentro FOLEC. Habrá que incorporarlos a la discusión. Para botón de muestra, los siguientes: ¿Son intrínsecamente diferentes las políticas públicas de evaluación, en sociedades con gobiernos neoliberales o progresistas o sus diferencias son de uso circunstancial en función de los propósitos?  ¿Cuál es el papel de la evaluación en el fortalecimiento o el desmantelamiento de instituciones y de comunidades académicas autónomas y democráticas? ¿Hay un horizonte después de la métrica de los indicadores, debido al tamaño de los universos a considerar? ¿Es la re-funcionalización de la evaluación una salida ante conflictos complejos, derivados  de visiones incompatibles sobre el conocimiento científico?

Actualmente, la ciencia latinoamericana está sumida en un extenso y profundo malestar. Ese evento inaugural del FOLEC ha sido un paso importante en un mapeo de contexto. Se requiere ahora generar una agenda concreta de trabajo, para encaminarse hacia un escenario post evaluativo o, más modestamente, de reorganización de los dispositivos que garantice una evaluación endógena, concertada y sectorializada.

* Investigadora del Centro de Investigación y de Estudios Avanzados (Cinvestav) del instituto Politécnico Nacional y Cátedra UNESCO sobre Aseguramiento de calidad y nuevos proveedores de educación superior en América Latina.

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