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Aquella escuela

El mes pasado se cumplieron 66 años de que terminé mi primaria. No que sea memorioso, el recuerdo me llegó sin que mi mente lo pidiera de forma consciente. No sé qué lo disparó, pero ya una vez encarrerado las remembranzas no se detuvieron. Mi mejor evocación tiene que ver con las maestras que me tocaron durante los seis años; nunca tuve un profesor varón. Eran muy profesionales, trabajadoras y buena onda.

Sí, de vez en cuando un coscorrón por no haber llevado la tarea, un regaño por la falta ortográfica y, a veces, un grito para imponer algo de orden en el salón de alrededor de 40 alumnos. No había libros de texto, a partir del tercer año, las docentes a dictar y los alumnos a escribir los resúmenes de las clases. Unos dicen que recibimos una enseñanza tradicional, memorística y reiterativa, pero —y esa es otra resonancia— en matemáticas, las maestras preparaban problemas y había que resolverlos, la mayoría en el salón, otros de tarea.

Tal vez la memoria me jugó la broma porque no encontraba tema para mi artículo de hoy. O, a lo mejor, para ofrecer un contexto histórico a mi campo de estudio, pero no con base en libros o investigaciones de colegas, sino con cimiento en mi habitar pasado.

La reminiscencia me trajo sonrisas, mi pensamiento aproximó a los amigos de aquellos años, de los que ya nada sé. Sólo unos cuantos de los que terminamos el sexto año le seguimos en la secundaria, nada más tres en la de la Universidad Juárez del estado de Durango (todavía no la separaban de su estructura), y unos seis más a la Secundaria Federal 6. En mi grupo de primero “C” fuimos 52 alumnos, pocos le seguimos y concluimos la licenciatura. En aquellos años, el abandono escolar era más grave que hoy.

Guardo buenos recuerdos de mi paso por la universidad, de los deportes y las grillas políticas, mi participación en los movimientos de 1966 (Cerro de Mercado), 1968 (poco y distancia) y el de 1970, en contra del gobernador Alejandro Páez Urquidi; en ese representé cierto papel de liderazgo. Con todo, mi cerebro me lleva a la Escuela Guadalupe Victoria, la número 17, a mis cursos de quinto y sexto grados.

¿Por qué señalan que era enseñanza memorista?, me pregunto hoy. En aritmética resolvíamos problemas de la vida cotidiana, no le llamaban educación financiera, pero con ejemplos del mercado entendimos y aplicamos no sólo las operaciones básicas, también a multiplicar y dividir fracciones y usar ese conocimiento para solucionar problemas. En quinto año, la maestra Lupita nos encargaba escribir cuentos o pequeños informes sobre la historia de México. Insistía mucho en que no copiáramos ni les pidiéramos ayuda a la familia. Y revisaba cada tarea con minucia, siempre tenía un comentario amable para cada alumno. A mí me fue bien, no copiaba, le hacía un resumen de la película que había visto la semana anterior o del juego de beisbol de los Alacranes de Durango.

La señorita Rita, que me tocó en sexto año, era exigente, pero cumplidora. Encargaba tarea cada día y las revisaba a conciencia. Nos encargaba trabajos de investigación. Por ejemplo, el origen del nombre de las calles de la ciudad. Claro, las de Juárez o Veinte de Noviembre eran fáciles, pero Mascareñas, Patoni o Porras, ¿qué? La mayoría del grupo salíamos de la escuela e íbamos a la biblioteca pública, nada más al cruzar la calle.

No es certeza, pero acaso la educación memorística se apalancó con los libros de texto gratuitos, que en la práctica devinieron en el programa de estudio. Atención, el texto gratuito fue un gran paso para hacer menos inequitativo el sistema, no estoy en contra de él. Pero esa conjetura, me llegó del recuerdo de aquella escuela.

RETAZOS

No se trata de quemar los libros de texto de la Cuatroté. Se trata de debatir y analizar su pertinencia y valor

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