Evaluación educativa y régimen político

Una de las cosas más gratificantes de escribir en un medio periodístico como EL UNIVERSAL es que nuestras opiniones son expuestas ampliamente. Al no cuchichear los asuntos públicos, se tienen desacuerdos de manera abierta. Esto es muy sano para lo que queda de nuestra democracia. Como nadie posee la verdad, cualquier punto de vista puede ser respaldado, refutado, o complementado.

La semana pasada expuse una manera en que la evaluación educativa podría generar exigencia ciudadana, interés público y rectificación gubernamental y algunos lectores reaccionaron. Agradezco su lectura y por ello, en esta entrega, retomo algunos puntos con el afán de proseguir la discusión pública.

Felipe Martínez Rizo, director fundador del Instituto Nacional para la Evaluación de la Educación (INEE), hizo favor de enviarme su texto sobre los resultados del Estudio Regional Comparativo y Explicativo del Laboratorio Latinoamericano de Evaluación de la Calidad Educativa de la UNESCO. Ahí, Felipe expone de manera didáctica los avances y retrocesos de los países de la región en términos de los puntajes alcanzados e insiste en no dejar de mirar el adelanto técnico de las pruebas, así como las tendencias en el tiempo y la posición de cada país en relación con otros. Esto contribuye, sugiere el investigador, a emitir juicios menos superficiales sobre el progreso educativo de nuestras naciones.

Desde hace décadas, Martínez Rizo ha sostenido que una interpretación simplista y sensacionalista de los resultados de la evaluación educativa acarrea acciones regresivas. Tiene razón. El mal uso de la información en el pasado ahora ha servido para que la evaluación educativa sea objeto de menosprecio y confusión. El actual gobierno y sus técnicos no han podido o querido distinguir entre un instrumento de medición —imperfecto como todos— y los usos de la información resultante. Quizás por eso se “descaifenó” la idea de la evaluación en México (ahora es supuestamente “diagnóstica y formativa”) y se duda de participar en proyectos de evaluación nacionales e internacionales a costa de perder información válida e inventar los “otros datos”.

En su texto, Martínez Rizo ratifica que México ha retrocedido de manera significativa de 2013 a 2019 en Matemáticas, Lectura y Ciencias, pero también matiza que nuestro país se ubicó, en 2019, por arriba de la media regional en las cinco áreas e incluso, en Matemáticas rebasa a Uruguay cuyo número de habitantes es notablemente menor que el de México y su población indígena es “prácticamente” nula. Algo entonces hemos hecho bien aquí, “¿quién dijo que todo está perdido?”, diría Fito Paez.

Otra observación que destaco del texto del maestro Felipe es la posición que ocupa Cuba en estos ejercicios de evaluación internacional. El país caribeño ha ocupado los primeros sitios desde 1997 a la fecha, aunque con variaciones y en algunos casos, retrocesos. A algunos miembros de la 4T, les fascinaría saber esto y repetirían que su dictadura es “ejemplar”. A ellos, habrá que acercarles los reportes del LLECE para que también constaten que otros países que abrazaron la democracia han mejorado sus puntajes de manera significativa. Claro que puede haber “logros” restringiendo libertades, pero éste no es el camino a seguir. Los procesos de aprendizaje también cuentan, no solo los resultados. Sobre esto requerimos más evaluaciones y mejores indicadores.

 

*Investigador de la Universidad Autónoma de Querétaro (FCPyS)

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