Inicio del Ciclo Escolar 2020 – 2021

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Sergio Martínez Dunstan

Fui testigo casual de una reunión inusual. La bienvenida a los alumnos de primer grado de primaria. En otros tiempos sería un hecho ordinario. Hoy en día, se vuelve especialmente relevante tomando en el confinamiento de la población por los riesgos de la pandemia. Desde el cierre de las escuela se podía ver en la  mesa del comedor la computadora de escritorio, la pantalla, el teclado, dos impresoras, en un lado. En el otro extremo, una laptop y, entre ambos, un altero de papeles y documentos oficiales. Cobró sentido la compra con recursos propios de material de oficina (hojas, libretas, lápices, plumas etcétera), tóner, dispositivos electrónicos (cámara de video, disco duro externo, licencia para un programa de videollamadas). Comprendí, las recurrentes llamadas telefónicas y una interminable cadena de mensajes de texto para cumplir y hacer cumplir las órdenes de las autoridades educativas superiores. Desde la calificación del último periodo de evaluación para la acreditación, promoción y certificación de los alumnos; la realización de las sesiones ordinarias, extraordinarias y la fallida fase intensiva del Consejo Técnico de escuela y zona; la capacitación al colectivo docente; hasta la la campaña en redes sociales para estimular la inscripción de los alumnos, el proceso en sí mismo y la reinscripción. Fue imperceptible la transición entre el fin y el inicio del otro ciclo escolar. Las videoconferencias matutinas, vespertinas, nocturnas con el personal docente y el supervisor, juntos y por separado, obligaron a trabajar a deshoras de la noche, desmañanarse. Incluso dedicarle tiempo durante los fines de semana a tan demandante labor. Lo anterior representa sólo la síntesis de meses de trabajo.

 

Y, entre ajetreo y ajetreo, al término de una de tantas interminables reuniones de trabajo virtuales la directora escolar se conecta a otra preparada con antelación. La esperaban los padres de familia con sus hijos de seis años y la maestra a quien le asignó la responsabilidad de hacerse cargo del primer grado.

La directora saludó a los asistentes y les agradeció acudir a la convocatoria.  Confió que hará lo propio con el resto de los grupos. Presentó a la maestra y expuso las implicaciones de la pandemia para la educación de sus hijos. Requirió colaboración y constató la disposición apoyar el trabajo. “Puede contar con nosotros”, le dijeron los papás. Inesperadamente, cedió la palabra a los niños no sin antes explicarles pulsar el botón tecla para “levantar la mano” a fin de darle orden al intercambio espontáneo de opiniones. Con el apoyo de los adultos así lo hicieron. Los escuché interesados, desinhibidos, emocionados, respetuosos. Todo ello, de manera virtual a través de una plataforma tecnológica. La directora recomendó a la profesora establecer la forma de trabajo. Cierra la reunión dándoles la bienvenida, a todos, al Ciclo Escolar 2020 – 2021. Fin del acto.

Fui atestiguante ciego y mudo. Ni siquiera pude ver sus caras. Me alegré al escuchar los murmullos y las risas infantiles de nueva cuenta. Me hubiera gustado documentar tal suceso con la rigurosidad metodológica que la ciencia exige. Me quedo con muchas interrogantes y apreciaciones personales de lo sucedido. Me hizo falta información contextual. No me atrevo a interpretar, sacar conclusiones, ni generalizar. Seguramente habrá muchos otros casos similares. Tan destacable como éste o aún más. Quienes denigran la profesión docente son indignos de referir sus actos, merecen la condena unánime. Una golondrina no hace verano. Los buenos resultados son producto del liderazgo directivo, del trabajo colaborativo, de la conformación de un grupo cohesionado, comprometido, que asumen su misión social con vocación y responsabilidad. El magisterio se distingue, entre otras cosas, por su profesionalismo. Habrá profesores que harán posible el noble acto de educar. Han mostrado estar a la altura de las circunstancias. Y pensar que atrás de ellos hay historias personales verdaderamente dramáticas. En muchos casos la hazaña se agiganta.

Carpe diem quam minimun credula postero

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